De cabinas y glosarios

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Cuestionario de satisfacción

calidadLlega un momento en la vida de todo intérprete en el que, por un motivo u otro, algún cliente decide que no quiere repetir con nosotros. Razones puede haber muchas y no necesariamente relacionadas con la mala calidad profesional del intérprete: precio, cercanía personal o geográfica, relación de amistad con otro intérprete o persona que pueda realizar el mismo servicio, búsqueda de un proveedor de servicios combinados, etc.

Hace poco me tocó a mi vivir este tipo de experiencia y pasé bastante tiempo dándole vueltas a la cabeza sobre qué podría haber hecho yo para que dicho cliente no hubiera querido volver a contar conmigo. Me sentía frustrada y en la necesidad de abordarlo y preguntárselo abiertamente, pero no sabía cómo hacerlo sin interferir en su derecho de escoger al profesional que quisiera; tampoco me convenía que mi acercamiento sonara a reproche ni realizar exigencias de ningún tipo.

En esas estaba cuando alguien cercano me preguntó si seguía algún plan de control de calidad en mi empresa. Al principio mi reacción fue de: “Pero ¿qué me estás contando si solo soy yo y lo que hago es interpretar?“, pero tras escuchar su explicación tuve que cambiar totalmente de punto de vista y cambiar ciertas cosas en mi forma de abordar a mis clientes.

Es normal en la mayoría de las empresas (por lo menos en las grandes o en las que se lo toman un poco más en serio) hacer un seguimiento de la satisfacción del cliente tras un servicio. Muchos de nosotros habremos dedicado “algunos minutos” a rellenar “este breve cuestionario” que “nos ayudará a mejorar la prestación de servicios a los clientes”. ¿Os suena? A mi bastante; de hecho sospecho que Air France me tiene que tener en la lista de favoritos para responder cuestionarios, porque siempre me toca alguno después de algún viaje.  Así que me preguntó que por qué yo no; al fin y al cabo soy una empresa. Cuando la imagen profesional está en juego un pequeño detalle interesándose por el grado de satisfacción del cliente puede ser la clave para saber si vamos o no por el buen camino. Las preguntas pueden ser múltiples y de lo más variado, no es una idea aplicable exclusivamente al ámbito de la interpretación, cada sector profesional puede personalizar este servicio como mejor le parezca (tampoco estoy yo reinventando la rueda).

En mi caso las preguntas se centraban exclusivamente en interpretación, ya que en traducción, por lo general, siempre recibo un pequeño feedback de los revisores o, en muchos casos, del cliente final. Las preguntas de puntuación en escala numérica son rápidas de responder, por lo que al cliente no se le hace nada tedioso y puede darte una visión más general de lo que siente en un determinado momento respecto a nosotros.

No se trata de establecer un interrogatorio para sonsacarle al cliente si en el fondo nos cambiaría por otro o no, sino simplemente (enfocado como me sugirieron que lo enfocara a mi) saber qué grado de satisfacción le ofrecen nuestros servicios, en términos de calidad, precio, precisión y por qué no, de actitud, vestimenta, pulcritud del lenguaje y tantos otros detalles como nos parezca interesante recabar para seguir evolucionando profesionalmente.

Muchos clientes no se molestan en general, pero por mi experiencia en el poco tiempo que llevo con este sistema en marcha sé que los clientes que han acabado contentos con nuestro trabajo y han dejado de recurrir a nuestros servicios por “otros motivos” siempre están dispuestos a dedicar unos minutos de su tiempo para ayudarnos a mejorar. Algunos volverán, otros probablemente no, pero lo importante como profesionales es no volver a cometer un error ni perder a un posible cliente por el mismo motivo que ya perdimos anteriormente a otro. Mejorar debe ser nuestro objetivo, por ello considero importante cualquier reflexión que queráis hacer (sea o no de intérpretes)

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Dime con quién trabajas y te diré qué tipo de profesional eres

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice el refrán; y este consejo puede aplicarse tanto al ámbito personal como al profesional.

La mayoría de las personas que nos dedicamos a la traducción y a la interpretación trabajamos bien como autónomos, bien dando el paso y constituyendo nuestra propia empresa y, para tener éxito, tenemos que crear buenas relaciones de negocios. Siempre ha sido así. Es cierto que como empresarios tenemos que ofrecer algo que nos permita diferenciarnos de los otros y hacer que el cliente nos escoja, pero esta diferencia puede crearse sin tener por qué, necesariamente, aplastar a la competencia, al fin y al cabo al final nos acabamos conociendo todos y no se hace extraño escuchar:  “pues si fulanito hace negocios con setanito a saber qué clase de persona será”. Y es que al final, nuestra forma de tratar a los demás, sean compañeros o clientes, se convierte en nuestra principal carta de presentación y fuente de referencia.

Cuando yo empecé (e imagino que todo aquel que haya trabajado en cabina habrá pasado por la misma situación) no tenía mucha opción de elegir a mis compañeros; por lo general, recibía una llamada del cliente o de algún colega porque el intérprete con el que pensaba contar no estaba disponible y hacía falta alguien más en la cabina. Así ha sido como, poco a poco, he ido conociendo a mis colegas y me he dado a conocer. En este tiempo he tenido compañeros de todo tipo: de los que lo escriben todo, de los que no te ayudan nada, de los que te dan palmaditas en la espalda, de los que te prestan los glosarios, de los que ni siquiera usan glosario… y, evidentemente, con unos te sientes más a gusto que con otros, con lo que, al final, se nota en el resultado.

Pero un buen día las cosas cambian y es el cliente el que te llama a ti directamente preguntándote quién será tu compañero de cabina y ahí es cuando tienes que pararte bien a pensar. Los contactos que hacemos y las personas con las que contamos en los momentos en los que hace falta formar un equipo dicen mucho del tipo de profesional que somos (yo diría incluso que podrían formar parte de nuestra marca y de nuestra imagen profesional) y no es algo que haya que tomarse a la ligera antes de descolgar el teléfono y preguntar al primero que aparezca en la agenda. Hay que buscar colegas en los que se confíe porque, al final, poco importa de quién sea la culpa, la diferencia entre que un cliente quiera o no trabajar más contigo dependerá del resultado y, el resultado, como en los deportes de equipo, proviene del esfuerzo de todas las partes. Y creo que esto también es aplicable a la traducción: muchas veces no podemos realizar encargos por falta de tiempo, pero tampoco queremos rechazarlos para no ofender al cliente y en esos momentos recurrimos a algún colega para que se haga cargo del proyecto. Si no es alguien en quien confiemos plenamente, ¿hacia dónde estamos llevando nuestra carrera? Y no solo eso, las consecuencias de dejar un proyecto personal en manos que no nos ofrezcan mucha confianza puede acarrear serias consecuencias para nuestra empresa y nuestra imagen.

Por todo esto, creo que es muy importante saber hacer buenos contactos entre los colegas de profesión y no verlos simplemente como “la competencia”, porque por experiencia personal puedo decir que muy a menudo ayudan más de lo que obstaculizan. Esto no quiere decir que tengamos que agruparnos con cualquiera, evidentemente tenemos nuestras afinidades: ya sea por especialidad, por política de tarifas, por conveniencia horaria u otros, pero tampoco es que haya que ir poniendo la zancadilla a los compañeros de profesión con los que no compartamos la misma idea de vida profesional.

Desgraciadamente, día tras día escucho a algún colega quejarse de haber sido menospreciado, ninguneado o mentido por algún colega de profesión y esto es algo que me da mucha pena. Ya sea por mi tendencia a la ingenuidad o porque mi experiencia en cabina me ha hecho ver que dos pueden más que uno y los encargos más satisfactorios, hasta ahora, de mi carrera, me los han proporcionado colegas que eran “la competencia” ayudándome a abrirme camino cuando estaba empezando creo que podemos crear una competencia muy sana entre los profesionales de la traducción y la interpretación ayudando a los colegas en la medida de lo posible y acudiendo a ellos cuando haga falta y, si alguien lo utiliza en nuestra contra, bueno, ya pesará sobre su imagen. Creo que ya es hora de dejar atrás la idea del “enemigo” y empezar a ayudarnos entre nosotros si queremos ofrecer, de verdad, buenos resultados. Al final, la gratitud siempre puede más que el resentimiento.

Al fin renovada

Ya hacía bastante tiempo que no publicaba y, la verdad, no ha sido por falta de ganas.

Tanto el estilo como el nombre del blog anterior no me convencían en absoluto, pero, como suele ocurrir con todo lo que se hace con prisas, lo fui dejando pasar hasta que ya no conseguí identificarme más con él.

Este nuevo diseño y su contenido son el fruto del trabajo de la misma persona, pero con objetivos y perspectivas diferentes. Un blog que me representa más, que muestra más al mundo qué es lo que siento y cómo me siento dentro de mi realidad profesional.

He decidido relanzarlo al comenzar el nuevo año: necesitaba unas buenas vacaciones para poder ver claro qué es lo que quiero y cuáles son mis metas. Este 2013 se presenta cargado de novedades, muchas incertidumbres y, con certeza, muchos aprendizajes.

Me encuentro envuelta en pleno proceso de preinscripción para las pruebas de intérpretes de la ONU y para las pruebas de selección de intérpretes freelance del SCIC, de las que escribiré desenlaces e impresiones durante los próximos meses. Al acabar el 2012 me vi obligada a dejar a la mayoría de mis clientes (sin contar a los que ya me habían dejado) por motivos éticos, financieros y de índole diversa, por lo que me encuentro ante un futuro que se presenta absolutamente en blanco, volviendo a nacer como profesional sin olvidar lo aprendido y con mucha vitalidad para poner en pie los múltiples proyectos que se avecinan.

No faltan por delante retos: las ya mencionadas pruebas, la búsqueda incesante de nuevos colaboradores/clientes, cursos, seminarios y encuentros profesionales y, sin querer adelantar planes que aún están en mi cabeza, la posibilidad de una mudanza geográfica a gran escala (puede que por tierras cercanas al meridiano de Greenwich).

Todo esto y mucho más en las próximas entradas.

Feliz año nuevo a todos (aunque con retraso, pero nunca viene mal)

La frialdad de la lengua extranjera

Hoy, después de algún tiempo, he tenido que volver a enfrentarme con un viejo enemigo. Y esta vez me ha ganado (por ahora).

Lo tenía todo preparado en mi cabeza. El cliente buscaba traductor exactamente con mi perfil: combinación de idiomas, experiencia, dominio de X herramienta de traducción asistida… Solo me faltaba una cosa: pasar mi esquema mental de la carta de presentación de mi cabeza al papel (en este caso a la pantalla del ordenador) y a esperar.

Pero no he podido. ¿Por qué?. Por algo que puede parecer muy estúpido y, sin embargo, no deja de hacérseme cuesta arriba: el cliente era español. Sí, sí, español de España, vamos. Y con castellano como lengua materna.

¿Cómo algo aparentemente tan simple se puede convertir en tal dolor de cabeza?. A simple vista solo se trataba de intentar venderle mis servicios a alguien que me entiende perfectamente, que conoce en bastante profundidad los matices que le describo en mi carta de presentación y dejar que se forme la opinión que yo quiero que se forme de mi. Pero no lo he conseguido; me sentía “demasiado subjetiva” (si es que esa sensación se puede describir con palabras).

No es ni mucho menos el primer cliente español al que me he dirigido, pues en cuanto salí de la facultad bombardeé a cientos de agencias en busca de un puesto en plantilla; pero en aquellos tiempos estaba “tan verde” que ni mis conocimientos ni mi noción del mundo laboral me hacían percatarme de la importancia que una buena presentación ante clientes en potencia en mi lengua materna.

Así, durante los últimos meses he estado buscando clientes extranjeros, puliendo al máximo mis “writing skills” hasta el punto de casi llegar a convertirme en una crack del automarketing, claro, lo veía todo como desde fuera (incluso después de horas redactando y revisando cartas de presentación).

La conclusión a la que he llegado tras horas de reflexión es que, debido al alejamiento que me supone escribir en una lengua con la que no me identifico (podré llegar a dominarla, pero nunca será mi lengua materna) me proporciono un grado de “objetividad” hacia mi misma que no experimento con el castellano( llamémoslo mejor “frialdad”, que objetividad y curriculum no suelen ir de la mano precisamente) . De esta forma le explico a una persona X que tal persona que se llama como yo y que es exactamente igual que yo saber hacer esto y esto que podría interesarle y me quedo tan tranquila sabiendo que me entiende.

Por poner un ejemplo más claro: La sensación es la misma que si miráis fijamente a una persona a la cara y le decís un “I love you” que lo deje frío. Pues sí, puede quedarse frío y sentirse la persona más maravillosa del mundo, pero seguro que tú no te sientes igual que si le sueltas  un “te quiero” de esos de los que salen de dentro, aunque la intención sea la misma.

Resulta cuanto menos paradójico pensar que la lengua que llevo hablando durante toda mi vida, en la que me he formado y con la que mejor expreso todo lo que pasa por mi cabeza, incluso aquellos sentimientos que tienen difícil explicación con palabras, sea aquella que más obstáculos me anda poniendo en mi desarrollo profesional (y no es porque no la domine, sino porque siento que me involucra demasiado en todos los procesos de mi vida).

Parece como si en nuestra mente estuviera justificado que, al escribir en una lengua extranjera, es evidente que podemos cometer pequeños fallos de expresión y estos están más que perdonados. Fallos, sin embargo, que no tienen justificación ninguna al expresarnos en castellano, pues es la lengua a la que traducimos y es en la que, a fin de cuentas, tenemos que demostrar que realizamos el trabajo excepcional que decimos realizar al vender nuestros servicios a un cliente en potencia. Si el cliente pilla el error, ¿será indulgente?. Claro que no. Si contrato los servicios de un traductor que trabaja hacia su lengua materna es porque sé que la domina a la perfección y si no es capaz de presentarse en castellano sin cometer errores de expresión… ¡Estamos apañaos!

Así que en esas me encuentro, dándome de cabezazos con un muro invisible que yo misma tengo que romper antes de que el temor se convierta en miedo y el miedo en trauma y todo ello me bloquee por completo.

Mañana lo volveré a intentar, a ver si mi mente está más inspirada.

See you soon, babies!

Revisiones que inducen al suicidio

  Acabo de terminar una revisión que me ha tenido al borde del suicidio durante las últimas horas. Y no hablo precisamente del suicidio profesional, pues hubiera sido el colmo, sino a las ansias de agarrar el primer objeto punzante que pasara cerca de mí y acabar con mi sufrimiento.

El cliente tenía bastante prisa; por lo que se ve el traductor le había entregado el documento pasado el plazo y, desgraciadamente, no era esa su única desgracia.

Hace unos meses leí una entrada interesantísima en el blog El traductor en la sombra sobre el destrozo que algunos revisores hacen al trabajo del traductor. Y no se trata simplemente del destrozo del trabajo, propiamente dicho, sino también del destrozo moral que provoca en el traductor ver el esfuerzo dedicado al buen desempeño de un trabajo desprestigiado por nimiedades que en nada ayudan al traductor y poco o nada aportan a la traducción.

Tales “tiquismiqueces” (neologismo made in YO para referirse a la saña con la que atacan algunos revisores) perjudica muchísimo y, con eso en mente, me dispuse a trabajar como una revisora ejemplar (lo que mi cabeza define como “ejemplar”, que con certeza distará bastante de lo que piensen otros).

Así, fui dejando pasar detalles lingüísticos mejorables, en pro de la autoestima del traductor (a fin de cuentas hay muchas formas de expresar una misma idea, aunque cada uno tengamos nuestro término preferido) hasta que mi ética y mi pudor lingüístico me obligaron a meter mano al asunto.

Y no es que el texto estuviera mal, no, es que podría haberlo redactado mejor cualquier alumno de secundaria. Calcos alarmantes, ausencia de mayúsculas en todos los inicios de frase, utilización de los signos de exclamación e interrogación como si de un mensaje en un chat se tratara, lenguaje totalmente robótico…

No quiero ensañarme con el traductor, pues todos estamos en el mismo barco y un mal día puede tenerlo cualquiera; pero el texto no era difícil y las normas básicas de traducción que se nos enseñan en la facultad (por básicas que sean) no fueron respetadas. Lo que me lleva a pensar que se trate de dos posibilidades:

1)      Que el traductor del texto aún sea estudiante y haya mentido en el currículum diciendo que es traductor o,

2)      Que sea alguien ajeno a la traducción y se haya aventurado alegando “que traducir lo puede hacer cualquiera”.

No quiero entrar en peleas sobre el intrusismo profesional o la falta de preparación de nuestros estudiantes de TEI, que es fin de semana y ante todo quiero buenas vibraciones, pero una cosa debería quedar clara a todos los que se dedican a traducir o quieren dedicarse a ello, profesionalmente o por hobby:

LO MÁS IMPORTANTE PARA PODER TRADUCIR ES DOMINAR TU LENGUA MATERNA

Algunos discreparán y dirán que hay otras cosas más importantes; pero lo que está claro es que no se puede traducir o interpretar sin dominar la lengua materna. Y eso no es cosa de dos días ni se aprende solo por haber nacido en tal o cual país. La lengua, en todas sus formas, se aprende estudiando, leyendo y redactando y, por supuesto, equivocándose. Pero el momento de equivocarse no es precisamente cuando se está traduciendo. Eso va para todos, porque quien no tenga el respeto por la lengua materna por bandera y crea que solo por hacer nacido en un país ya domina la lengua a la perfección nos está ninguneando a todos los del gremio y dejándonos a la altura del betún.

Por parte del cliente debo decir que tampoco me daba mucha pena. Ya he trabajado con él algunas veces y me consta que es de los que creen a ciegas en los currículums y no hacen pruebas de traducción. Esto vale para algunos porque no tienen tiempo para corregir pruebas y para otros porque son conscientes de que si no hacen prueba pueden aceptar “a cualquiera” y, con ello, pagar la tarifa que les venga en gana.

La clave para establecer una buena relación con un traductor es, desde mi punto de vista, realizarle una prueba que se adapte a sus características, por lo menos para comprobar si es apto o no para el puesto y no venir llorando después porque hizo la mayor chapuza de la historia.

Hasta aquí mi punto de vista. Como veis hoy me he levantado en pie de guerra y con ganas de reclamarle al mundo.

Y a vosotros ¿qué os saca de quicio en vuestro trabajo?

Cuando la flexibilidad ahoga…

Como la mayoría de los novatos en el mundo de la traducción autónoma este verano ha sido “movidito” y parece que el ritmo se mantendrá por lo menos hasta navidad (no hay que olvidar que la tendencia natural de la humanidad hacia el consumo aumenta considerablemente en los meses previos a las fiestas).

Sin embargo, no ha sido solo un verano lleno de traducciones, también han abundado encargos variados, pues parece que no solo a los profesionales del mundo de la traducción les gustan estas fechas para irse de vacaciones.

Todos hemos oído hablar de la flexibilidad del traductor, hace unos meses publiqué una entrada al respecto sobre mi propia experiencia en otros campos para dar un poco de ánimo a aquellos que se sentían perdidos al terminar la carrera de TEI y que creían que traducir es lo único que cuenta. Pues sí, el traductor/intérprete tiene que ser flexible, no solo en términos de horarios como todos hemos experimentado alguna vez (encargos de última hora, congresos de fines de semana con semanas enteras de descanso), sino también en las actividades (la famosa diversificación de actividades de la que nos hablan algunos orientadores académicos). Sin embargo, todo tiene un límite y, como imaginaréis, una flexibilidad en exceso puede acabar con todo (nuestra salud, nuestra credibilidad profesional, nuestro tiempo y, por qué no decirlo, nuestro dinero también). Ser flexibles puede abrirnos muchas puertas y muchos caminos profesionales, pero ¿cómo saber cuándo ha llegado el momento de decir NO?

Para los que nos estamos introduciendo en este mundo es bastante común aceptar trabajos relacionados con la traducción o que en cierto modo tengan que ver con la comunicación multilingüe para los que no hemos sido formados y en los que tenemos poca o nada de experiencia. Este tipo de trabajos requiere profesionales que se manejen en varias lenguas y, por ello, el perfil del traductor es el más adecuado (orientación a empresas en procesos de internacionalización, cierre de negociaciones internacionales, etc.)Sin embargo, pecar de flexibles sin estar preparados para aceptar un determinado tipo de trabajos puede convertirse en un arma de doble filo.

¿Qué hacer si nos ofrecen una oportunidad laboral de estas características y sentimos que no estamos totalmente preparados? Bueno, en primer lugar valorar los pros y los contras del puesto/encargo (plazo, conocimientos de la materia, previsión de gastos, previsión de ganancias, beneficios/experiencia que puedes aportar al cliente…)En el caso de los más novatos es normal sentir que no tenemos experiencia ninguna, pero no hay que dejarse dominar por los temores (a fin de cuentas cuando terminamos TEI tampoco tenemos mucha idea de traducir y muchos nos lanzamos a la aventura como podemos). Pide asesoramiento a colegas/expertos en la materia: a veces nos ofrecen un trabajo que no hemos hecho nunca, pero nuestro primo/tío/compañero del instituto lleva años dedicándose a eso y puede darnos una orientación sobre la conveniencia o no de aceptar un determinado tipo de trabajo.

Calcula tu tiempo: si estás en plena preparación de un congreso de 5 días que tendrás que interpretar en simultánea y se te plantea la oportunidad de asesorar en un proyecto de marketing internacional con interpretaciones telefónicas no creo que sea muy conveniente decir que sí a la primera, sin haber establecido un plazo de inicio o haber hecho un cronograma exhaustivo con la organización de tu tiempo.

Deja bien claro qué es lo que puedes/sabes hacer y qué es lo que bajo ningún concepto estás dispuesto a hacer: con esa mentalidad reinante entre los empresarios del traductor=chico/a para todo muchas veces se nos carga con tareas que no son las que en un principio nos habían encomendado. – “oye, y ya que estás, después de la interpretación telefónica me haces un informe-resumen sobre los puntos más importantes de la conversación”. – “pues mira, guapo/a, NO”. A veces nos da miedo, porque ser demasiado brusco o exigente desde el principio puede hacer que el nuevo cliente o cliente potencial no nos llame más o piense que no somos buenos para hacer ese trabajo, pero decir que sí a todo y aceptar lo que nos caiga encima es abrir la puerta a abusos laborales de los que después tendremos muchas dificultades en salir (jornadas laborables interminables o pagos ridículos, por citar algún ejemplo).

En mi caso, por no pararme a pensar en estos puntos detenidamente el verano ha traído consigo sufrimientos laborales que a mi lista de experiencias se suman con sangre, sudor y lágrimas. Ahora visto desde la distancia pienso que ha sido positivo y que me beneficiará en el futuro cargar en sobre la espalda la experiencia adquirida, pero ¡a qué precio!.

El verano es una época que trae grandes oportunidades para los noveles y los licenciados en traducción tenemos el cartel “flexible” colgado de la frente, pero con un poco de buen juicio y reflexión se puede sacar mucho partido de las diferentes experiencias que se nos presenten en nuestra vida laboral.

Cuando el cliente se convierte en tu pareja

Hace días que estoy absorbida por mi trabajo, me levanto con peticiones de traducciones y me acuesto con encargos entregados. Ya casi se ha convertido en rutina acceder a mis emails por la mañana y encontrarme el encargo del día (o los encargos del día), y todos vienen de la misma persona.
La verdad es que repaso mis últimos meses y no puedo sino felicitarme por mi suerte, hace semanas tenía que matarme a buscar trabajo y ahora se me haría extraño despertar y no encontrar en mi bandeja de entrada el encargo del día. He tenido suerte de encontrar un buen cliente, sí, pero, tal vez ese trato preferencial que me ha dado desde el principio haya sido el detonante de mi casi exclusividad.

 
Y no debería quejarme, todo lo contrario. Sin embargo, no deja de preocuparme el hecho de comenzar a percibir que he tenido que rechazar algunos otros encargos por responder a los encargos del susodicho cliente y, me da mi en la nariz, que esa casi exclusividad podría ser un arma de doble filo. Porque, desgraciadamente, en esta vida nadie es insustituible.
Nuestra relación se ha convertido casi en una relación de pareja (hablando en términos profesionales) y confieso que lo echo de menos el día que no tengo noticias de él. También hace más de dos semanas que descuido la actualización del blog (con la reflexión correspondiente y el ordenamiento de ideas) y que dejo de lado noticias, eventos y hasta webinarios importantes. He caído en la llamada “comodidad del traductor” y he dejado de lado lo más importante: “la visibilidad profesional y el marketing”.

 
¿Es grave doctor?
Bueno, aún es pronto para dar un diagnóstico, ya que todavía os estáis conociendo. Es cierto que hay mucha química entre vosotros, pero en una profesión “tan promiscua” como la vuestra, una excesiva fidelidad podría cerrarte muchas puertas. Date tiempo, por suerte te has dado cuenta a tiempo. No creo que sea necesaria una terapia de pareja, pero deberías dejarle claro de la manera más adecuada posible que tú también necesitas de tu propio espacio, salir con otras personas, buscar trabajo más allá de la comodidad que da saber que el grifo está abierto (en sentido figurado), ya que estancarte podría haceros caer en la rutina y provocarte una sensación de estancamiento que a la larga te perjudicará.

 
Ya, pero, ¿por dónde empiezo?
Buena pregunta. Lo dejaremos para la próxima sesión, después de haber reflexionado con calma.

Lápiz vs boli

Desde pequeña siempre me gustó escribir a bolígrafo, recuerdo que me esforzaba mucho en los ejercicios de caligrafía que hacíamos a lápiz para que la profesora me dejara pasarlos “a limpio”. Nunca me importó el hecho de que la tinta no se pudiera borrar; de hecho, nunca he estado muy a favor de usar corrector tipo “tippex” en mis escritos. Y así me iba. Cuando estaba falta de inspiración mis redacciones eran borrones y borrones que tenía que reescribir para que fueran legibles por otras personas. Pero poco a poco me acostumbré a pensar antes de escribir y mis escritos fueron quedando más limpios.

 
Al entrar en la universidad vi que muchos compañeros usaban lápiz y portaminas para tomar apuntes, algunos de ellos hasta tomaban las notas de interpretación con dichos instrumentos.  Siempre lo consideré un poco inútil, ya que la mina se ve poco en el papel y solo con pasar la mano por encima se difumina creando efecto sucio o borroso. La justificación de ellos: el lápiz se puede borrar. Así de simple. No importa que quede más bonito o más feo, o que la letra sea un garabato borroso en el papel; si no me gusta como lo he escrito lo borro y lo cambio.

 
Desde que entré en la universidad siempre me gustó la interpretación, no es que la traducción no me gustara, la admiro y la disfruto como profesional tanto o más de lo que podía admirarla y disfrutarla cuando era estudiante. Su magia me fascina. Sí, sí, magia. Porque quien a estas alturas no crea que el proceso de convertir un texto cualquiera, algunos mal redactados, en textos comprensibles, melodiosos, ricos en saber y, porque no decirlo, en obras de arte, no es magia, esa persona no sabe lo que es traducir. Pero no señores, yo era de interpretación y me esforcé al máximo para ser una buena intérprete.

 
Un día de gran esfuerzo en una clase de memorización descubrí que estaba olvidando cosas simples y rutinarias que normalmente no olvidaba. La cita del médico, el nombre de un compañero, el cumpleaños de mi madre. Mi memoria a largo plazo era de hierro, pero a mi memoria a corto plazo le flaqueaban las piernas. Por eso decidí salir siempre con una libretita, pequeña, discreta; pero ¡ay, pobre de mi! El único objeto para escribir que encajaba en ella era un lápiz.

 
Después de dos años con mi libreta borro y reescribo encima de la información que ya no me es útil. Desde que me hice traductora autónoma, borro y reescribo las frases que podrían ser objeto de una mirada de reprobación del cliente con la mayor comodidad del mundo. Así, una y otra vez, hasta que siento que no puedo hacerlo mejor.

 
Pero yo soy intérprete, actualmente en pausa, pero intérprete al fin y al cabo. Me enseñaron a no borrar. Me enseñaron a no tachar. A escribir a boli mis palabras en los oídos del público. A escribir con una fuerza que deje marcada la letra en el siguiente papel, porque de no hacerlo perdería credibilidad de mi audiencia. Pero me he acostumbrado al lápiz ¿será posible volver al boli de nuevo?.

 
Me estremezco al pensar en la próxima vez que mis palabras lleguen a oídos ajenos marcadas en tinta. Porque en mi profesión no existe el lápiz, ni la goma (a no ser que estos vengan en forma de fallo técnico en la salida de audio).

 
Siempre me gustó escribir con boli, siempre quise ser intérprete, esta es la profesión que escogí y me guste o no, eso no lo puedo borrar.

Crónica de una traducción urgente

Sábado 3 pm: Llegamos a la barbacoa en casa de amigos

6 pm: (Después de algunas cervezas y mucha comida) Aviso en el móvil, email importante: Necesitamos urgentemente que traduzcas este documento para el lunes por la mañana, el cliente final no puede esperar, por favor, sabemos que es fin de semana y que tienes otras cosas que hacer, pero es muy importante que esté listo para el lunes…

PAUSA, reflexión, (texto sobre turismo gastronómico, voy a necesitar mucha inspiración y aún más creatividad), más cerveza, más reflexión; mejor me voy a casa.

8:30 pm: Llego a casa, ducha, café . – Cariño, esta noche la cena te toca a ti. Ah y tendrás que irte de juerga sin mi (ventaja de ser pareja de un cocinero)

9:00 pm: Primer vistazo al documento (un paseo por la cocina india y sus delicias), no parece complicado, los nombres de los platos están en punjabi y sánscrito así que tendré que inventar alguna forma de describirlos sin aburrir al personal y sin quitarle las ganas de comer. Especias, veamos… las conozco casi todas… “uhm especias…” huelo a comida… Sentarme en un restaurante indio para comer un buen plato de avial con arroz y un payasam con nueces de postre…

¡Concentración vuelve! Creo que voy a asaltar la despensa.

9:20 pm: Primer asalto a la cocina, parte de la despensa y el menjunje a medio hacer para la cena sufren las consecuencias, discusión marital:

– Pero, ¿quieres ponerte a trabajar ya?, mira que te quedas sin comer ¿eh?

– Está bien- digo sin mucha convicción mientras abro disimuladamente la puerta de la nevera.

9:30 pm: De nuevo frente al ordenador, hago repaso mental de mis adjetivos “jugoso, sabroso, aromático, delicioso…” Me faltan ideas para describir tales manjares, después de haber visto uno por uno todos  los platos y su composición cualquier intento de describirlos los dejaría a la altura de una tortilla a la francesa.

10:15 pm: – Cari, ¿puedo comer ya?

–  Anda venga, sírvete.

Y mira que el chiquillo cocina bien, pero es que mi cabeza ya anda dando vueltas por los alrededores de Uttar Pradesh, entre bebida de feni y vadai. Va a ser una noche larga

1:30 am: Las lentejas y la mostaza se me juntan ante los ojos en forma de puré viscoso y extrañamente aromático. No sé si me he quedado dormida, con más de 3 cafés en el cuerpo juraría que no, pero si quiero que alguien se coma esto algún día más me vale irme a la cama. Mañana tenemos comida en casa de los suegros y mi suegra cocina bien… tal vez consiga algún adjetivo inspirador inhalando los vapores de su arroz. Eso, que los indios son muy de arroz. Dios mío, estoy desvariando, mejor me tomo una manzanilla y mañana ya veremos.

Domingo 8 am: ¿Porqué, señor por qué? ¿Por qué tuviste que inventar los megáfonos y el camión del tapicero? ¿Esto es algún tipo de confabulación?¿O algún tipo de mensaje alentador del tipo: venga gordinflona, que a este paso el menú lo vas a dar pa Nochevieja?. Sea como fuere tengo unos turistas muertos de hambre que esperan mi traducción y con el recargo por urgencia que me va a comprar el armario nuevo para mi cuarto más me vale hacerlo bien.

12 pm: 2 cafés con sus respectivas 2 tostadas que le dan a la mente una inspiración casi divina y un paseíto infructuoso a casa de los suegros, donde cualquier intento de abrir el portátil entre niño y niño puede suponer la muerte inmediata de algún componente altamente valorado por mi persona. He optado por llevar la libreta para anotar adjetivos y algunas partes del documento impresas, por si acaso.

5 pm: Ni lista de adjetivos ni leches migás (como dice mi madre) esto es incomestible. Y como me tome un solo café más no respondo de mis actos, mejor me voy a casa, no vaya a ser que cometa suegricidio.

7 pm: Llego a casa, ducha, café… ¿café? no, mejor no. Esta situación me resulta vagamente familiar… ¿Estaré sufriendo un déjà vu?. Eso es mejor dejarlo para algunas horas después, cuando descubra que el día de hoy está siendo exactamente igual a lo acontecido ayer hasta la medianoche, con ligeras variaciones en la discusión marital al respecto de mis hábitos alimenticios cuando estoy traduciendo.

2 am: Repaso, repaso y más repaso. En principio está todo en su sitio (primer síntoma de que el cerebro necesita apagarse), incluidas las comas; esto no puede ser, he tenido que pasar algo por alto…

Lunes 6:30 am: Ajajá lo sabía, aquí están. 20 oraciones mal puntuadas, 5 adjetivos ambiguos (¿eran masculinos o femeninos?) y algunos platos que resultan más bien extraños al comer, por no decir dudosos, pero ¡qué leches! ¿Acaso la comida india no es exótica? Entonces, ¿por qué no dejar algunos platos con esa áurea de no sé muy bien qué es lo que me estoy comiendo pero suena extrañamente exótico y a fin de cuentas todos a mi alrededor están comiendo lo mismo?. Me estoy imaginando a mi padre en una de esas situaciones: “¿Esto qué es lo que es?”, preguntaría mirando al camarero. A nuestros turistas les va a encantar y se van a reír un montón.

12 pm: Traducción entregada, paseo reconfortante después de una noche con pocas horas de sueño. El texto ha quedado “comestible”. Vuelta a casa, he pasado por el supermercado, la panadera y la cajera me han mirado con cara extraña, el frutero también. El chico de la tienda de móviles me ha hablado muy despacito para que lo entendiera todo muy bien y mis vecinas han susurrado cuando me han visto pasar…

– Cariño, ¿a qué hora te has levantado? Tienes una cara de panda…

–  Sí, pero no será peor que la tuya cuando vengas desde la tienda cargando con mi armario nuevo. Ah y hoy te toca a ti preparar la comida (modo crueldad activado, con esas sonrisas de oreja a oreja que te hacen enseñar hasta las muelas del juicio)

Risas.

Si es que en el fondo no era para tanto. Una que se pone histérica a la primera de cambio y, al fin y al cabo, una vez al año no hace daño.

¿Por qué me necesitas?

Acabo de empezar un curso de marketing para traductores autónomos y aún me sorprende la cantidad de cosas que hay que tener en mente antes de empezar a elaborar una estrategia para ofrecer nuestros servicios a determinados tipos de clientes.

Una de las reflexiones que me parece más interesante como paso previo al establecimiento de una nueva relación comercial es la que realizamos cuando pensamos en nuestra oferta de servicios y su distinción de otras ofertas similares. Para ello el traductor que quiera abrir su oferta de servicios a nuevos clientes habrá de preguntarse: ¿qué es lo que tengo yo para ofrecer ? (que otros no ofrezcan, claro) y ¿qué diferencia puedo generar en mi cliente para que acepte mis servicios? Por eso os invito a que reflexionéis

¿Por qué nuestro cliente/futuro cliente nos necesita?

¿Porque tenemos un conocimiento del mercado al que quiere acceder que no posee?

¿Porque ofrecemos un servicio y una atención personalizada en cada caso?

¿ Porque tenemos una oferta de servicios asequibles para todo tipo de clientes?

¿Porque nuestro producto/servicio es de calidad?

¿Porque estamos disponibles en cualquier momento y respondemos a sus necesidades de forma exprés?

¿Porque nuestros conocimientos lingüísticos le supondrán una mejora en las relaciones con terceros?

¿Porque nuestro conocimiento intercultural le ayudará a establecer buenas relaciones internacionales?

No tiene por qué ser una reflexión tan profunda, hay veces en las que simplemente la pregunta que habremos de plantearnos es:

¿Porque gracias a mi sus documentos están escritos sin faltas de ortografía?

¿Porque con mis traducciones sus clientes se comerán los platos? (estaba pensando en una entrada sobre la traducción de menús)

Estas son solo algunas preguntas que podemos hacernos, lo importante es que las hagamos siempre antes de entrar en contacto con un cliente o futuro cliente para así mejorar nuestra relación con ellos y ofrecerles aquello que realmente se adapta a sus necesidades.

Y a ti ¿Por qué te necesitan?