De cabinas y glosarios

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Dime con quién trabajas y te diré qué tipo de profesional eres

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice el refrán; y este consejo puede aplicarse tanto al ámbito personal como al profesional.

La mayoría de las personas que nos dedicamos a la traducción y a la interpretación trabajamos bien como autónomos, bien dando el paso y constituyendo nuestra propia empresa y, para tener éxito, tenemos que crear buenas relaciones de negocios. Siempre ha sido así. Es cierto que como empresarios tenemos que ofrecer algo que nos permita diferenciarnos de los otros y hacer que el cliente nos escoja, pero esta diferencia puede crearse sin tener por qué, necesariamente, aplastar a la competencia, al fin y al cabo al final nos acabamos conociendo todos y no se hace extraño escuchar:  “pues si fulanito hace negocios con setanito a saber qué clase de persona será”. Y es que al final, nuestra forma de tratar a los demás, sean compañeros o clientes, se convierte en nuestra principal carta de presentación y fuente de referencia.

Cuando yo empecé (e imagino que todo aquel que haya trabajado en cabina habrá pasado por la misma situación) no tenía mucha opción de elegir a mis compañeros; por lo general, recibía una llamada del cliente o de algún colega porque el intérprete con el que pensaba contar no estaba disponible y hacía falta alguien más en la cabina. Así ha sido como, poco a poco, he ido conociendo a mis colegas y me he dado a conocer. En este tiempo he tenido compañeros de todo tipo: de los que lo escriben todo, de los que no te ayudan nada, de los que te dan palmaditas en la espalda, de los que te prestan los glosarios, de los que ni siquiera usan glosario… y, evidentemente, con unos te sientes más a gusto que con otros, con lo que, al final, se nota en el resultado.

Pero un buen día las cosas cambian y es el cliente el que te llama a ti directamente preguntándote quién será tu compañero de cabina y ahí es cuando tienes que pararte bien a pensar. Los contactos que hacemos y las personas con las que contamos en los momentos en los que hace falta formar un equipo dicen mucho del tipo de profesional que somos (yo diría incluso que podrían formar parte de nuestra marca y de nuestra imagen profesional) y no es algo que haya que tomarse a la ligera antes de descolgar el teléfono y preguntar al primero que aparezca en la agenda. Hay que buscar colegas en los que se confíe porque, al final, poco importa de quién sea la culpa, la diferencia entre que un cliente quiera o no trabajar más contigo dependerá del resultado y, el resultado, como en los deportes de equipo, proviene del esfuerzo de todas las partes. Y creo que esto también es aplicable a la traducción: muchas veces no podemos realizar encargos por falta de tiempo, pero tampoco queremos rechazarlos para no ofender al cliente y en esos momentos recurrimos a algún colega para que se haga cargo del proyecto. Si no es alguien en quien confiemos plenamente, ¿hacia dónde estamos llevando nuestra carrera? Y no solo eso, las consecuencias de dejar un proyecto personal en manos que no nos ofrezcan mucha confianza puede acarrear serias consecuencias para nuestra empresa y nuestra imagen.

Por todo esto, creo que es muy importante saber hacer buenos contactos entre los colegas de profesión y no verlos simplemente como “la competencia”, porque por experiencia personal puedo decir que muy a menudo ayudan más de lo que obstaculizan. Esto no quiere decir que tengamos que agruparnos con cualquiera, evidentemente tenemos nuestras afinidades: ya sea por especialidad, por política de tarifas, por conveniencia horaria u otros, pero tampoco es que haya que ir poniendo la zancadilla a los compañeros de profesión con los que no compartamos la misma idea de vida profesional.

Desgraciadamente, día tras día escucho a algún colega quejarse de haber sido menospreciado, ninguneado o mentido por algún colega de profesión y esto es algo que me da mucha pena. Ya sea por mi tendencia a la ingenuidad o porque mi experiencia en cabina me ha hecho ver que dos pueden más que uno y los encargos más satisfactorios, hasta ahora, de mi carrera, me los han proporcionado colegas que eran “la competencia” ayudándome a abrirme camino cuando estaba empezando creo que podemos crear una competencia muy sana entre los profesionales de la traducción y la interpretación ayudando a los colegas en la medida de lo posible y acudiendo a ellos cuando haga falta y, si alguien lo utiliza en nuestra contra, bueno, ya pesará sobre su imagen. Creo que ya es hora de dejar atrás la idea del “enemigo” y empezar a ayudarnos entre nosotros si queremos ofrecer, de verdad, buenos resultados. Al final, la gratitud siempre puede más que el resentimiento.

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6 cosas que no debes hacer si quieres ser intérprete de conferencias

Hace ya un tiempo que recibo consultas por parte de profesionales y estudiantes a los que les gustaría adentrarse en el mundo de la interpretación de conferencias y no saben muy bien por dónde empezar. Para mí no resulta ningún problema compartir mis experiencias y aconsejar, en la medida de lo posible, basándome en lo que he vivido. Sin embargo, yo también soy humana y como humana me equivoco. Hace unos días me descubrí en casa cayendo en una práctica muy poco profesional que, de haberme ocurrido en público o durante el tiempo que cursé el máster me hubiera acarreado una buena bronca por parte de algún profesor.

Y es que a menudo nos centramos en lo que debemos hacer para ser buenos intérpretes y dejamos de lado la cuestión, no menos importante, de lo que no debemos hacer. Por eso considero que no está demás hacer un breve repasito de las conductas negativas que pueden perjudicar nuestra labor como intérpretes de conferencias.

  1. Trasnochar: amigos de la noche, tanto si bebéis como si no, aparecer en cabina por la mañana con “cara de ayer” y olor de taberna no va a ayudaros nada profesionalmente y dañará sobremanera vuestra imagen profesional. El cuerpo puede aguantar, pero las neuronas necesitan descansar. Aún no he conocido a nadie que haya sido capaz de interpretar un discurso de forma medianamente coherente después de una noche en blanco (esto se aplica también a los estudiantes que se quedan repasando discursos hasta altas horas el día previo al examen). Y por si existen excepciones a la regla no voy a ser yo quien experimente.
  2. Usar perfumes antes de entrar en cabina: no me malinterpretéis, estoy totalmente a favor de mantener unas reglas básicas de higiene corporal (que incluyan, por supuesto, mantener el cuerpo limpio y perfumado), pero quien sabe lo que es estar en una cabina durante más de una hora, con un colega al lado, liberando ambos la adrenalina y el sudor propios del estrés de la profesión, entenderá perfectamente que bloquear las fosas nasales con un intenso “Chanel nº 5”, por muy agradable que su olor en otros espacios pueda ser, va a traer más de un dolor de cabeza (en sentido literal). Y vamos a ser sinceros, que el intérprete salga desmayado de cabina no da muy buena impresión que digamos.
  3. Usar palabras malsonantes: -Pero, ¿si estoy en casa viendo el fútbol y el árbitro se porta como un hijo de … y no pita una falta?. Pues llámalo malnacido, desgraciado, hijo de mala persona o cuantas otras formas originales de no dañar los oídos ajenos se te vengan a la mente. En una situación de estrés, como las que suelen vivirse interpretando, muy a menudo nuestra mente nos traiciona y nos da alguna respuesta automática. Es normal, nuestro cuerpo funciona por estímulos. Y lo que no se corrige fuera, es muy difícil de corregir dentro de la cabina. A eso hay que añadir que en la gran mayoría de los casos estaremos interpretando a personas con un nivel educativo y social elevado (que sí, también pueden perder los papeles, pero nunca acabarán tirándose de los pelos como marujas de barrio). El español es una lengua muy rica y el intérprete, por naturaleza, un profesional muy imaginativo. Siempre podemos mandar a freír espárragos o a hacer puñetas, pero por favor, si eres de los de blasfemar en público, empieza a trabajar en las modificaciones en tu vocabulario desde ya.
  4. El cafelito antes de interpretar: Los amantes del café se llevarán las manos a la cabeza y dirán que tampoco hay que ser exagerados, que un café tampoco hace daño a nadie. A ver, como he dicho antes, yo también me equivoco. Pero tened en cuenta lo siguiente, imaginemos la situación descrita anteriormente con el perfume: el intérprete de conferencias X llega con tiempo al lugar de la interpretación y como se siente un poquito cansado decide tomarse un café para estar a tope durante la interpretación. Se encuentra en el punto álgido de la liberación de adrenalina y sudor mencionada anteriormente con el añadido de que, el café, por si todavía hay alguien que no lo sepa, tiene efectos laxantes. Pensadlo por un momento: vuestro compañero de cabina os lo agradecerá.
  5. Fumar: ¿Y lo bonito que queda interpretar al “Presi” o al Rey con voz de camionero?. Por no mencionar lo útil que es apretar el botón de mute cada 5 segundos para poder toser o esa agradable sensación de ir quedándonos sin aire poco a poco mientras interpretamos a ese parlamentario vehemente que critica sin parar la gestión de su adversario hasta hincharse como un globo a punto de explotar. Creo que a este punto le sobran las explicaciones. Fumadores, si queréis ser intérpretes de conferencias, ya tenéis la excusa perfecta para acabar con el vicio. Vuestra salud y vuestro bolsillo os lo agradecerán.
  6. La cervecilla entre horas/cervecilla durante las comidas: ¿También la cerveza?. Hombre, a menos que tengas la jornada laboral perfecta, de 9 a 3, y puedas irte a casa a descansar todas las tardes, ya me dirás. Si con el café nos ponemos como nos ponemos, tenemos en cuenta que el almuerzo nos dejará con sueño para la interpretación de la tarde y encima le añadimos, para favorecer la digestión, “una cruhcampo bien frehkita que ehtamos a 38 grados a la sombra”, vamos a tener que hacer turnos con el compañero de cabina para ir durmiendo la siesta por etapas. O eso o mantener el tipo hasta el final y salir a celebrar el fin de la jornada con una o varias (ojo, sin trasnochar que las neuronas se resienten).

Estos consejos pueden parecer, a simple vista, obvios, pero no es extraño que se nos pasen por alto en alguna que otra ocasión. Sé que me dejo mucho en el tintero y espero que con vuestras aportaciones pueda acabar realizando el decálogo del buen intérprete de conferencias. Pero, por el momento, creo que estos puntos dan para reflexionar un poco.