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Cuando la flexibilidad ahoga…

Como la mayoría de los novatos en el mundo de la traducción autónoma este verano ha sido “movidito” y parece que el ritmo se mantendrá por lo menos hasta navidad (no hay que olvidar que la tendencia natural de la humanidad hacia el consumo aumenta considerablemente en los meses previos a las fiestas).

Sin embargo, no ha sido solo un verano lleno de traducciones, también han abundado encargos variados, pues parece que no solo a los profesionales del mundo de la traducción les gustan estas fechas para irse de vacaciones.

Todos hemos oído hablar de la flexibilidad del traductor, hace unos meses publiqué una entrada al respecto sobre mi propia experiencia en otros campos para dar un poco de ánimo a aquellos que se sentían perdidos al terminar la carrera de TEI y que creían que traducir es lo único que cuenta. Pues sí, el traductor/intérprete tiene que ser flexible, no solo en términos de horarios como todos hemos experimentado alguna vez (encargos de última hora, congresos de fines de semana con semanas enteras de descanso), sino también en las actividades (la famosa diversificación de actividades de la que nos hablan algunos orientadores académicos). Sin embargo, todo tiene un límite y, como imaginaréis, una flexibilidad en exceso puede acabar con todo (nuestra salud, nuestra credibilidad profesional, nuestro tiempo y, por qué no decirlo, nuestro dinero también). Ser flexibles puede abrirnos muchas puertas y muchos caminos profesionales, pero ¿cómo saber cuándo ha llegado el momento de decir NO?

Para los que nos estamos introduciendo en este mundo es bastante común aceptar trabajos relacionados con la traducción o que en cierto modo tengan que ver con la comunicación multilingüe para los que no hemos sido formados y en los que tenemos poca o nada de experiencia. Este tipo de trabajos requiere profesionales que se manejen en varias lenguas y, por ello, el perfil del traductor es el más adecuado (orientación a empresas en procesos de internacionalización, cierre de negociaciones internacionales, etc.)Sin embargo, pecar de flexibles sin estar preparados para aceptar un determinado tipo de trabajos puede convertirse en un arma de doble filo.

¿Qué hacer si nos ofrecen una oportunidad laboral de estas características y sentimos que no estamos totalmente preparados? Bueno, en primer lugar valorar los pros y los contras del puesto/encargo (plazo, conocimientos de la materia, previsión de gastos, previsión de ganancias, beneficios/experiencia que puedes aportar al cliente…)En el caso de los más novatos es normal sentir que no tenemos experiencia ninguna, pero no hay que dejarse dominar por los temores (a fin de cuentas cuando terminamos TEI tampoco tenemos mucha idea de traducir y muchos nos lanzamos a la aventura como podemos). Pide asesoramiento a colegas/expertos en la materia: a veces nos ofrecen un trabajo que no hemos hecho nunca, pero nuestro primo/tío/compañero del instituto lleva años dedicándose a eso y puede darnos una orientación sobre la conveniencia o no de aceptar un determinado tipo de trabajo.

Calcula tu tiempo: si estás en plena preparación de un congreso de 5 días que tendrás que interpretar en simultánea y se te plantea la oportunidad de asesorar en un proyecto de marketing internacional con interpretaciones telefónicas no creo que sea muy conveniente decir que sí a la primera, sin haber establecido un plazo de inicio o haber hecho un cronograma exhaustivo con la organización de tu tiempo.

Deja bien claro qué es lo que puedes/sabes hacer y qué es lo que bajo ningún concepto estás dispuesto a hacer: con esa mentalidad reinante entre los empresarios del traductor=chico/a para todo muchas veces se nos carga con tareas que no son las que en un principio nos habían encomendado. – “oye, y ya que estás, después de la interpretación telefónica me haces un informe-resumen sobre los puntos más importantes de la conversación”. – “pues mira, guapo/a, NO”. A veces nos da miedo, porque ser demasiado brusco o exigente desde el principio puede hacer que el nuevo cliente o cliente potencial no nos llame más o piense que no somos buenos para hacer ese trabajo, pero decir que sí a todo y aceptar lo que nos caiga encima es abrir la puerta a abusos laborales de los que después tendremos muchas dificultades en salir (jornadas laborables interminables o pagos ridículos, por citar algún ejemplo).

En mi caso, por no pararme a pensar en estos puntos detenidamente el verano ha traído consigo sufrimientos laborales que a mi lista de experiencias se suman con sangre, sudor y lágrimas. Ahora visto desde la distancia pienso que ha sido positivo y que me beneficiará en el futuro cargar en sobre la espalda la experiencia adquirida, pero ¡a qué precio!.

El verano es una época que trae grandes oportunidades para los noveles y los licenciados en traducción tenemos el cartel “flexible” colgado de la frente, pero con un poco de buen juicio y reflexión se puede sacar mucho partido de las diferentes experiencias que se nos presenten en nuestra vida laboral.

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La enfermedad del traductor

Será porque vivo en un país tropical (con enfermedades tropicales de todo tipo) o porque mi cuerpo europeo con ansias de verano se niega a creer que esté llegando el invierno. Será porque mi organismo no se acostumbra a subidas y descensos de temperatura de más de 20 grados en un mismo día. Será, tal vez, porque la semana pasada ( y la anterior, y creo que la anterior también) he estado sometida a unos niveles de estrés dignas de preparación de cumbres  de altos dignatarios u otros eventos importantes.

 
Sea como fuere esta semana he tenido que enfrentarme a una de las fases por las que todo trabajador autónomo (en realidad todas las personas del mundo, a menos que vivan en un búnker; aunque voy a centrarme básicamente en los autónomos) debe enfrentarse en su vida y, alguna vez, tenía que ser mi primera: La primera enfermedad con su consecuente baja laboral (si es que eso existe en la jerga de los autónomos)
Nunca podría haber imaginado que esa situación me causaría tal dilema y desasosiego como el que he pasado durante los dos últimos días y aún sabiendo que tengo un don especial para este tipo de cosas, me negaba a creer que Murphy y su ley me la jugarían en esta ocasión.

 
Y me gustaría saber (mucho) qué hace un traductor normal y corriente en estos casos.
Porque claro, el traductor asentado y con años de experiencia me dirá “Yo les envío un email a mis clientes (cámbiese email por llamada telefónica u otro medio de contacto preferido) y les digo que estoy enfermo y que su encargo va a tener que esperar un poco”. Los que como yo llevan poco tiempo en esto y están consiguiendo trabajo a trancas y barrancas dirán: “Chica, no es pa tanto, un ibuprofeno, una botella de agua grande y a seguir traduciendo”.
Lo cierto y verdad es que con 38 de fiebre y 42 grados en la calle, pensar, lo que se dice pensar, no se piensa demasiado bien y uno ve la cama con las ansias con las que un caníbal observa a un niñito rechoncho comiéndose un bocata de chorizo.

 
A punto de acabar un gran proyecto, con un cliente que te está probando por primera vez, ¿qué se hace?. Si intento dormir para rebajar la fiebre no conseguiré conciliar el sueño, si me pongo a trabajar dudo mucho que consiga entender lo que estoy traduciendo.

Al final opto por la opción mixta, dejar la medicina actuar, tomar una ducha bien fría y en el momento en el que el cuerpo espabile un poquito darle un buen empujón al encargo. Sin embargo, no creo que los demás lo consideren recomendable, especialmente porque las enfermedades no son algo que va y viene en un día y si no se tratan bien en vez de una semana pueden pasar tres hasta conseguir la recuperación total.
¿Alguna sugerencia? Me gustaría saber, especialmente, cómo anunciar sutilmente al cliente que estás agonizando y que no eres capaz de poner un dedo en el teclado del ordenador.
Todas las opiniones serán bienvenidas.

Cómo controlar los nervios antes de un examen (válido para traductores y no traductores)

Esta es probablemente la entrada de blog menos creíble que vayáis a leer en vuestras vidas, puesto que se suponía que trataría de dar algunos consejillos para controlar los nervios antes de una gran prueba/examen y soy yo la primera que está histérica; pero como dicen por ahí: “Haced lo que digo y no lo que hago” y creo que algunos consejillos bienintencionados nos vendrán bien a todos.

Algunos seréis estudiantes y no tendréis que enfrentaros a vuestros próximos exámenes hasta dentro de algunos meses, otros, como yo, os enfrentaréis en los próximos días a la primera de las duras pruebas de la UE para traductores (no tan duras para quien ya lleve algunos meses estudiando, como evidentemente no es mi caso). Pero seas del grupo que seas una ayudita para calmar los nervios no te vendrá mal. Además, nada de lo que escriba es algo que no se haya dicho ya.

En los días previos a la prueba intenta beber mucha agua y controlar tu respiración cada cierto tiempo. Lo de la respiración parece una tontería, pero a menudo, cuando estamos sometidos a una gran presión, tendemos a retener más el aire en los pulmones, impidiendo con ello que el oxígeno llegue al cerebro y rindamos al 100%. Intenta parar como mínimo cada hora o dos horas para hacer 5 minutos de respiración profunda (preferiblemente abdominal).

Para los café-adictos es más que recomendable dejar el café aunque solo sea durante la semana previa. Algunos argumentarán que el café les mantiene despiertos y que no pueden dejarlo, pero debéis tener en cuenta que con los nervios se segrega mucha cantidad de adrenalina que nos mantiene en tensión. Si a ello se le añade el componente cafeína en grandes cantidades estaremos creando una bomba.

Para los que necesiten más siempre se puede recurrir a las infusiones. Yo que soy especialmente nerviosa, aún en épocas en las que debería estar relajada, ya he arrasado con las cajas de tila que he encontrado por el supermercado. La tila y la valeriana son eficaces y hasta ahora no conozco a nadie que haya muerto de sobredosis, por lo que puedes beber tanta como quieras. Lo recomendable son tres tazas por día y siempre antes de las comidas (si tienes problemas de insomnio la de antes de dormir es prácticamente obligatoria).

Si estás pensando en tomar tranquilizantes químicos, de entrada te digo que no. NO, NEIN, NON, NIET. Por tu propio bien. Ya me ha llegado la tercera noticia de estudiante destacable que arruina su examen de interpretación por haber tomado valium o similiar antes de la prueba y solo consiguió balbucir algunas frases. Hay muchos medicamentos (incluyendo los betabloqueantes) y los venden bajo múltiples formas y con diferentes propiedades y todos ayudan a calmar los nervios “sin mermar nuestra capacidad de reacción”, pero esto, por desgracia, no es verdad y casi con seguridad nos pasará factura.

Haz terapia familiar: charlar con amigos/familia, risoterapia… Toda interacción social ayuda en cierta medida a relajarse y reírse ayuda sobremanera a liberar tensión. Intenta rodearte de gente con la que te sientas cómoda y explícales cómo te sientes, para evitar que se saquen temas de conversación que puedan estresarte aún más.

Por último intenta no acostarte demasiado tarde, la mente necesita descansar para estar fresca al día siguiente para continuar estudiando/repasando y esto es especialmente importante la noche antes del examen.

A los que estéis en mi situación os deseo mucha suerte y muchísimo ánimo. Yo estaré en la sede de Madrid, el próximo viernes, en el turno de las 10 de la mañana. Si alguien quiere acercarse y saludarme o cualquier otra cosa que se le ocurra podrá encontrarme por allí.