De cabinas y glosarios

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Category Archives: Reflexiones

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FICA

La semana pasada tuvo lugar aquí en Goiás la decimo cuarta edición del FICA (Festival Internacional de Cinema Ambiental) y, podeis imaginar la expectación que crea en esta ciudad de 25000 habitantes en pleno corazón de Brasil la celebración de un evento internacional de tales características.

Para los habitantes supone la principal fuente de ingresos del año (las familias alquilan sus casas o algunas habitaciones de ellas y el empleo se triplica, dando oportunidad a los desempleados de ganar un poco de dinero extra). Para mi, el mayor atractivo lo componía el plano lingüístico, ya que en la programación del festival se incluían algunas mesas redondas y encuentros con los directores de las películas que, al ser extranjeros, necesitarían de interpretación.

Ni que decir tiene que hacer llegar mi curriculum a los organizadores fue una pesadilla y, evidentemente, con la burocracia a la que hay que someterse para cualquier cosa en este país no me llamaron, fui la constante “number one” en la lista de espera, aunque no por ello dejé de disfrutar del evento.

En lo que se refiere a la organización lingüística las conferencias y mesas redondas fueron bastante desastrosas (y que conste que hablo sin el menor rencor), de lo que deduje que, por mucho progreso que se pueda aparentar en lugares tan remotos como este ante la celebración de eventos distinguidos, nuestra profesión está a años luz de ser comprendida y mucho menos reconocida. Ya había oído rumores de que algunas películas de especial relevancia serían interpretadas en directo (tengamos en cuenta que Brasil es país doblador, no subtitulador, y hace pasar 90 minutos  sentados frente a una pantalla viendo pasar letritas a personas que el único libro que han tenido entre sus manos ha sido el de aprender a leer podía ser una gran tortura), cosa que no me sorprendió especialmente, ya que después de asistir al festival de cine latinoamericano de Gante y ver como mis compañeras de español>neerlandés expiaban sus pecados en aquellas cabinas mientras yo disfrutaba alegremente de las películas que proyectaban nada podía asustarme. Aunque fue por poco. Las cabinas estaban escondidas, pero el sufrimiento en la voz de las intérpretes se palpaba en el ambiente y la indignación que yo misma rezumaba por los poros casi se podía respirar. Ahora, una semana más tarde, lo veo en la distancia con tranquilidad, pero en aquel momento me subía por las paredes. Ya es cruel colocar a intérpretes de verdad para hacer ese trabajo, cuanto más a pobres chicas que han pasado dos meses en Francia y ya por eso los empresarios que no tienen ni idea de nuestro trabajo, pero que de caradura no les falta un cm, las hacen llamar “intérpretes” y las encierran en la cabina como si aquello fuera un recital de papagayos.

La semana que viene pasaré por el despacho del organizador (ahora que tengo su contacto) y lo pondré de guapo para arriba.

Dejando a un lado lo lingüístico, decidí que un evento así no podía dejarlo escapar, ya que aunque no sea profesionalmente, para mi formación ofrecía grandes posibilidades y pude comprobar varias cosas. La 1ª que, efectivamente, mis profesores del máster tenían razón y las técnicas de interpretación, como todo en la vida, si no se practican se pierden. No voy a entrar en detalles sobre mis tomas de notas, dejémoslo en “necesita mejorar”. La 2ª, que fue la confirmación de una sospecha era que, efectivamente, las personas brasileñas con una buena base formativa tiene una capacidad de reflexión y argumentación dignas de premio Nobel, pero las “masas” (entre las que incluyo a estudiantes universitarios y de ciclos superiores de universidades normales) aún están lejos de librarse de la manipulación que suponen los medios de comunicación. Y es que, en un país con un proceso de deforestación tan profundo y agresivo como este, donde una mente cabal no encontraría cabida para teorías negacionistas, la opinión de algunos seres autodenominados “científicos” (de esos de pandereta y castañuela) de que el cambio climático no es tal y el desgaste de recursos aún es menos se ha abierto hueco en algunos programas de debate y opinión, intoxicando las mentes hasta dejar sin credibilidad los propios hechos mostrados en los telediarios. Y es que, por increíble que parezca, la Rio +20 era, como ya sospechaba, una cortina de humo para acallar las voces que reclamaban que nuestros líderes no mueven un dedo en nada (y de paso blanquear un poquito de dinero, que los millones y millones que se han gastado en montar el tinglao aparecerán en breve en forma de yate o vacaciones de lujo de nuestros queridos representantes).

Visión crítica era lo que faltaba en estos parajes y esta cayó pesadamente como un jarro de agua fría en los acalorados cogotes de los lugareños. Yo, la mar de interesada, escuchando a los pequeños productores de asentamientos remotos exponer como Monsanto los expulsa de sus tierras y les impone un modelo de producción a escala totalmente improductivo o asistiendo a los talleres de construcción civil en bambú (a falta de dinero para comprar una casa de verdad por lo menos sé que si quiero no tendré que dormir nunca más a la intemperie).

Todo ello para resumir un evento a la par curioso y revolucionario. Curioso porque la intención es original en todos los sentidos, revolucionario porque el mensaje, desgraciadamente, no llega a todos los que debería. Mi padre decía algo así como “las perlas no son para los burros” (mi memoria no está por la labor), tal vez haya que seguir insistiendo poco a poco para que los burros poco a poco abran sus mentes y los señores de ahí arriba, los de traje y corbata abran sus corazones. Y yo mientras tanto a seguir alzando la bandera de la defensa del trabajo de intérprete allá donde vaya, que por lo que veo me queda trabajo para rato.

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Cuando el cliente se convierte en tu pareja

Hace días que estoy absorbida por mi trabajo, me levanto con peticiones de traducciones y me acuesto con encargos entregados. Ya casi se ha convertido en rutina acceder a mis emails por la mañana y encontrarme el encargo del día (o los encargos del día), y todos vienen de la misma persona.
La verdad es que repaso mis últimos meses y no puedo sino felicitarme por mi suerte, hace semanas tenía que matarme a buscar trabajo y ahora se me haría extraño despertar y no encontrar en mi bandeja de entrada el encargo del día. He tenido suerte de encontrar un buen cliente, sí, pero, tal vez ese trato preferencial que me ha dado desde el principio haya sido el detonante de mi casi exclusividad.

 
Y no debería quejarme, todo lo contrario. Sin embargo, no deja de preocuparme el hecho de comenzar a percibir que he tenido que rechazar algunos otros encargos por responder a los encargos del susodicho cliente y, me da mi en la nariz, que esa casi exclusividad podría ser un arma de doble filo. Porque, desgraciadamente, en esta vida nadie es insustituible.
Nuestra relación se ha convertido casi en una relación de pareja (hablando en términos profesionales) y confieso que lo echo de menos el día que no tengo noticias de él. También hace más de dos semanas que descuido la actualización del blog (con la reflexión correspondiente y el ordenamiento de ideas) y que dejo de lado noticias, eventos y hasta webinarios importantes. He caído en la llamada “comodidad del traductor” y he dejado de lado lo más importante: “la visibilidad profesional y el marketing”.

 
¿Es grave doctor?
Bueno, aún es pronto para dar un diagnóstico, ya que todavía os estáis conociendo. Es cierto que hay mucha química entre vosotros, pero en una profesión “tan promiscua” como la vuestra, una excesiva fidelidad podría cerrarte muchas puertas. Date tiempo, por suerte te has dado cuenta a tiempo. No creo que sea necesaria una terapia de pareja, pero deberías dejarle claro de la manera más adecuada posible que tú también necesitas de tu propio espacio, salir con otras personas, buscar trabajo más allá de la comodidad que da saber que el grifo está abierto (en sentido figurado), ya que estancarte podría haceros caer en la rutina y provocarte una sensación de estancamiento que a la larga te perjudicará.

 
Ya, pero, ¿por dónde empiezo?
Buena pregunta. Lo dejaremos para la próxima sesión, después de haber reflexionado con calma.

Lápiz vs boli

Desde pequeña siempre me gustó escribir a bolígrafo, recuerdo que me esforzaba mucho en los ejercicios de caligrafía que hacíamos a lápiz para que la profesora me dejara pasarlos “a limpio”. Nunca me importó el hecho de que la tinta no se pudiera borrar; de hecho, nunca he estado muy a favor de usar corrector tipo “tippex” en mis escritos. Y así me iba. Cuando estaba falta de inspiración mis redacciones eran borrones y borrones que tenía que reescribir para que fueran legibles por otras personas. Pero poco a poco me acostumbré a pensar antes de escribir y mis escritos fueron quedando más limpios.

 
Al entrar en la universidad vi que muchos compañeros usaban lápiz y portaminas para tomar apuntes, algunos de ellos hasta tomaban las notas de interpretación con dichos instrumentos.  Siempre lo consideré un poco inútil, ya que la mina se ve poco en el papel y solo con pasar la mano por encima se difumina creando efecto sucio o borroso. La justificación de ellos: el lápiz se puede borrar. Así de simple. No importa que quede más bonito o más feo, o que la letra sea un garabato borroso en el papel; si no me gusta como lo he escrito lo borro y lo cambio.

 
Desde que entré en la universidad siempre me gustó la interpretación, no es que la traducción no me gustara, la admiro y la disfruto como profesional tanto o más de lo que podía admirarla y disfrutarla cuando era estudiante. Su magia me fascina. Sí, sí, magia. Porque quien a estas alturas no crea que el proceso de convertir un texto cualquiera, algunos mal redactados, en textos comprensibles, melodiosos, ricos en saber y, porque no decirlo, en obras de arte, no es magia, esa persona no sabe lo que es traducir. Pero no señores, yo era de interpretación y me esforcé al máximo para ser una buena intérprete.

 
Un día de gran esfuerzo en una clase de memorización descubrí que estaba olvidando cosas simples y rutinarias que normalmente no olvidaba. La cita del médico, el nombre de un compañero, el cumpleaños de mi madre. Mi memoria a largo plazo era de hierro, pero a mi memoria a corto plazo le flaqueaban las piernas. Por eso decidí salir siempre con una libretita, pequeña, discreta; pero ¡ay, pobre de mi! El único objeto para escribir que encajaba en ella era un lápiz.

 
Después de dos años con mi libreta borro y reescribo encima de la información que ya no me es útil. Desde que me hice traductora autónoma, borro y reescribo las frases que podrían ser objeto de una mirada de reprobación del cliente con la mayor comodidad del mundo. Así, una y otra vez, hasta que siento que no puedo hacerlo mejor.

 
Pero yo soy intérprete, actualmente en pausa, pero intérprete al fin y al cabo. Me enseñaron a no borrar. Me enseñaron a no tachar. A escribir a boli mis palabras en los oídos del público. A escribir con una fuerza que deje marcada la letra en el siguiente papel, porque de no hacerlo perdería credibilidad de mi audiencia. Pero me he acostumbrado al lápiz ¿será posible volver al boli de nuevo?.

 
Me estremezco al pensar en la próxima vez que mis palabras lleguen a oídos ajenos marcadas en tinta. Porque en mi profesión no existe el lápiz, ni la goma (a no ser que estos vengan en forma de fallo técnico en la salida de audio).

 
Siempre me gustó escribir con boli, siempre quise ser intérprete, esta es la profesión que escogí y me guste o no, eso no lo puedo borrar.

La enfermedad del traductor

Será porque vivo en un país tropical (con enfermedades tropicales de todo tipo) o porque mi cuerpo europeo con ansias de verano se niega a creer que esté llegando el invierno. Será porque mi organismo no se acostumbra a subidas y descensos de temperatura de más de 20 grados en un mismo día. Será, tal vez, porque la semana pasada ( y la anterior, y creo que la anterior también) he estado sometida a unos niveles de estrés dignas de preparación de cumbres  de altos dignatarios u otros eventos importantes.

 
Sea como fuere esta semana he tenido que enfrentarme a una de las fases por las que todo trabajador autónomo (en realidad todas las personas del mundo, a menos que vivan en un búnker; aunque voy a centrarme básicamente en los autónomos) debe enfrentarse en su vida y, alguna vez, tenía que ser mi primera: La primera enfermedad con su consecuente baja laboral (si es que eso existe en la jerga de los autónomos)
Nunca podría haber imaginado que esa situación me causaría tal dilema y desasosiego como el que he pasado durante los dos últimos días y aún sabiendo que tengo un don especial para este tipo de cosas, me negaba a creer que Murphy y su ley me la jugarían en esta ocasión.

 
Y me gustaría saber (mucho) qué hace un traductor normal y corriente en estos casos.
Porque claro, el traductor asentado y con años de experiencia me dirá “Yo les envío un email a mis clientes (cámbiese email por llamada telefónica u otro medio de contacto preferido) y les digo que estoy enfermo y que su encargo va a tener que esperar un poco”. Los que como yo llevan poco tiempo en esto y están consiguiendo trabajo a trancas y barrancas dirán: “Chica, no es pa tanto, un ibuprofeno, una botella de agua grande y a seguir traduciendo”.
Lo cierto y verdad es que con 38 de fiebre y 42 grados en la calle, pensar, lo que se dice pensar, no se piensa demasiado bien y uno ve la cama con las ansias con las que un caníbal observa a un niñito rechoncho comiéndose un bocata de chorizo.

 
A punto de acabar un gran proyecto, con un cliente que te está probando por primera vez, ¿qué se hace?. Si intento dormir para rebajar la fiebre no conseguiré conciliar el sueño, si me pongo a trabajar dudo mucho que consiga entender lo que estoy traduciendo.

Al final opto por la opción mixta, dejar la medicina actuar, tomar una ducha bien fría y en el momento en el que el cuerpo espabile un poquito darle un buen empujón al encargo. Sin embargo, no creo que los demás lo consideren recomendable, especialmente porque las enfermedades no son algo que va y viene en un día y si no se tratan bien en vez de una semana pueden pasar tres hasta conseguir la recuperación total.
¿Alguna sugerencia? Me gustaría saber, especialmente, cómo anunciar sutilmente al cliente que estás agonizando y que no eres capaz de poner un dedo en el teclado del ordenador.
Todas las opiniones serán bienvenidas.

Querido cliente

Querido cliente:

Ayer, al consultar mi cuenta bancaria comprobé que me habías ingresado el pago por mis servicios y me acordé de ti. Pensé en nuestra relación, que iniciamos no hace mucho y pensé en cómo sería conforme fuera pasando el tiempo.

Es cierto que no hace mucho que nos conocemos, pero desde el primer momento confiaste en mi. Me pediste que tradujera un documento “importantísimo” y que, por tanto, lo tratara con el mayor cuidado. Yo quise responder que lo trataría como a cada uno de los textos que llegan a mis manos, pero omití esa información para no darte la impresión de no dar un trato personalizado a mis trabajos.  Me ofreciste una tarifa aceptable (pagando repeticiones) y el plazo de entrega era más que suficiente, ni se te pasó por la cabeza que tuviera que trabajar el fin de semana. Te pregunté por cada uno de los detalles que componían el encargo y por tus preferencias, hecho que agradeciste. Te envié varias pruebas para comprobar si te complacía cómo iba avanzando el trabajo (formato, terminología, etc.) y te quedaste sorprendido por el interés mostrado por mi parte. Elogiaste el cuidado con el que estaba tratando tu texto y la eficacia con que traducía y resolvía los problemas que se presentaban. Cada vez que me surgía alguna duda (en horario de oficina) me respondías al instante y, en caso de ser muy tarde, no había día que despertara y no tuviera tu respuesta en mi bandeja de entrada. Te envié la traducción dentro del plazo establecido y una vez más me diste las gracias y deseaste que volviéramos a colaborar pronto. Y al final de todo recibí tu pago, antes de que venciera la factura, hecho por el cual te escribí para darte las gracias.

Y tal vez te preguntes el porqué del agradecimiento. Pues es muy sencillo: hoy en día hay pocos como tu; para el traductor autónomo recibir tarifas ridículas y tener que correr detrás de los proveedores para que paguen a tiempo es el pan de cada día. Establecer una relación de confianza lleva tiempo y hacer ver que los seres humanos (incluidos los traductores) necesitamos comer y dormir es todo un reto.

Tú has sabido apreciar mi trabajo y valorarlo como se merece, GRACIAS.

Has creado una relación de confianza y respeto, GRACIAS.

Has sabido responder a mis necesidades, GRACIAS.

Y has sabido remunerar mi esfuerzo, GRACIAS, GRACIAS y GRACIAS.

Por mi parte me comprometo a tratar todos tus documentos con el mismo cariño y esmero, responder a todas tus necesidades, atender tus dudas y devolverte la confianza depositada en mi, porque las buenas relaciones con los clientes son como los buenos amigos y hay que mantenerlas.

 

¡Qué vivan los buenos clientes!

Sobre la especialización del traductor o cómo especializarse por accidente

El otro día iba por la calle pensando en la obsesión que parece haber entre la comunidad traductora (especialmente las agencias) por la especialización en alguna materia concreta y me irrité bastante pensando en cómo se puede malgastar tanta energía en tan solemne idiotez (Me perdonen los que discrepen, que imagino serán bastantes, pero esa es, haciendo un conciso resumen, mi opinión al respecto)

Como digo siempre en todas mis entradas, mi ejemplo no es extrapolable y cada traductor es un mundo, pero no dejo de pensar que si a mí la especialización me llegó por accidente ¿Cuántos traductores habrá por ahí que se encuentren en mi misma situación, especializados en algún tema que les sirve para bien poco solo por azares del destino?

En la carrera siempre se me daban bien los temas jurídicos y los económicos y me esforcé al máximo por aprender todo cuanto pudiera de ellos. Más tarde mi hermana y algunos amigos de ciencias me acosaron para que les revisara redacciones de informes de química, física o botánica, temas que a mi parecer son interesantísimos y a los que decidí que me gustaría dedicarme profesionalmente. Pero la suerte quiso que otros temas se cruzaran en mi vida profesional y me desviaran del camino, entre ellos uno, que nunca hubiera pensado que me daría de comer y que parece que no quiere apartarse de mi vida: LA RELIGIÓN (Aquí es cuando algunos empezarán a hacer muecas de sorpresa y a otros les saldrá la sonrisilla) Sí, a mí, que me hubiera encantado meterme en una cabina a hablar sobre problemas con las balanzas de pago o incumplimientos de cláusulas de contratos me había tocado hablar de la concepción humana del Espíritu Santo.

Mis padres me educaron en una escuela religiosa, donde estudié hasta acabar la ESO. Después en Bachillerato me apasionó la historia del arte (incluido por supuesto el arte sacro) de la que me empapé hasta no poder absorber más. Más tarde, en el máster, tuve que hacer una tesina para la asignatura “Historia de la Traducción” y busqué un tema fácil porque realmente necesitaba todas las horas del día para practicar interpretación y no podía darme el lujo de perder el tiempo, por lo que hice un análisis sobre las diferentes traducciones de la Biblia (tema polémico que da mucho de qué hablar, pero bastante sencillo). Al acabar el máster tuve que enfrentarme a mi primera experiencia profesional en cabina en un congreso internacional sobre religión y teología (teología no es religión, aunque muchos no aprecien la diferencia). Fueron semanas y semanas leyendo a teólogos de diversas opiniones y buscando información como si vinieran a supervisar mi trabajo enviados del Vaticano.

Y después de eso ¿qué?

Pues nada, después de eso tengo 15 años de experiencia en temas religiosos y teológicos que quedan muy bien expuestos en mi curriculum, por lo que se podría decir que es mi área de especialización

¿Significa eso que no puedo, por ello, hacer una buena traducción/interpretación de un contrato mercantil o de un libro de texto sobre la formación de aldehídos?

Yo creo que no (aunque habría que preguntárselo a los clientes, por supuesto) y, sin embargo, no puedo ir con la cabeza alta a un cliente y decirle que son “mis áreas de especialización” porque profesionalmente solo haya tenido algunos encargos en la materia.

Sabemos de sobra que se nos prepara para adaptarnos a casi cualquier tipo de situación profesional y, evidentemente, hay temas que nos atraen más que otros (yo sé de sobra que me moriría de la pena traduciendo literaria y que no podría traducir, aunque quisiera, nada sobre temas de balística, gestión de datos biométricos o arquitectura)

Pero nadie nace sabiendo y se nos presupone suficientemente maduros para saber qué tipo de encargos podemos y debemos aceptar porque se adecúan a nuestra capacidad. Creo que de una forma o de otra deberíamos intentar cambiar esta concepción, aunque los traductores “especializados” piensen que no sea positivo e intentar hablar más en términos de “áreas de interés o comodidad”. Al menos así es como yo lo veo

En defensa de la traducción hecha por humanos frente a la traducción automática

Hace poco me enviaron una prueba de traducción. Entre las instrucciones para realizarla aparecía lo siguiente: “ATTENTION: The use of Google Translator or other automatic translation tools/application is now allowed“. Al principio me hizo gracia y no pude evitar sonreir. “¿A quién se le ocurriría hacer una prueba de traducción utilizando el traductor de google?” pensé. Pero luego recordé un dicho que escuché varias veces cuando era pequeña “Si lo advierten es porque alguien ya lo ha hecho” y no pude evitar sentirme un poco triste a la vez que irritada. Otra vez con la manía de pensar que sólo porque yo no lo haría los demás tampoco.

Mi mente es incapaz de concebir que un aspirante a un buen encargo tenga que recurrir a ese tipo de herramientas, precisamente y entre otros motivos, porque va en contra de lo que nosotros traductores intentamos defender: El valor de la capacidad humana de razonar y deducir frente a la inteligencia artificial.

Si habeis sido estudiantes de traducción, os gusta la traducción y habeis sido capaces de licenciaros (no importa si habéis sido alumnos modelo o no) creo que lo siguiente se aplica a todos vosotros. Habeis pasado 5 años de vuestras vidas (tal vez más) haciendo ejercicios de los que hoy en día solo podeis tener la certeza de que os sirvieron para perder neuronas, habeis puesto a prueba toda vuestra capacidad imaginativa, vuestra capacidad de reformulación, de contextualizar, de razonar hasta a veces corregir erratas del propio autor o fallos de expresión y aún más importante, de DEDUCIR. Hemos conseguido deducir significados incluso allí donde solo había un montón de palabras que no tenían sentido entre sí. Hemos sido (sin ánimo de ofender a los de bellas artes) los que más a prueba han puesto su capacidad creativa. Que si imagínate que eres un especialista, que si mejor traduce el texto como si fuera destinado a profanos, que si adaptación o fidelidad, que si el redactor original no conoce el significado de las palabras “acentuación” y “puntuación”

TODO ESO LO HEMOS HECHO NOSOTROS, TRADUCTORES.

¿Y ahora vamos a jugarnos nuestro futuro por usar una máquina que no tiene ni la mitad de cualidades que nosotros? Es irritante

¡Echadle imaginación! (Y os lo dice una que carece bastante de ella)

Ya tenemos bastante con que desde fuera no se valore nuestra profesión,  que devaluen nuestro esfuerzo obligándonos a aceptar tarifas ridículas si queremos ser “competitivos” para el mercado, que tengamos que trabajar bajo la presión de plazos hiperajustados y todo ello, para encima andar echando tierra sobre nuestro propio tejado y reconocer que la máquina puede ocupar nuestro lugar.

No existe (y me atreveré a decir que no existirá jamás) máquina de traducción automática capaz de igualar a la mente traductora y mientras nosotros no aprendamos eso  no vamos a conseguir que los demás nos valoren como profesionales.

Mitos y verdades sobre las traducciones

Hace poco recibí un encargo de traducción y no pude evitar echarme a reir recordando la imagen que tenía de las traducciones cuando estudiaba la carrera. Aquellos textos que traducíamos y revisábamos en grupo y de los que tanto nos quejábamos, a pesar de las advertencias de nuestros profesores de que eran encargos “ideales”.

Y la verdad es que no podrían haber tenido más razón, por eso me gustaría revisar algunos de los mitos que existen en torno a las traducciones que quedan más que desmentidos durante el ejercicio de la profesión:

1. El encargo perfecto: Normalmente se nos enseña a trabajar con encargos perfectamente estructurados, con un cliente atento que entiende perfectamente la profesión del traductor, especificando claramente los detalles de su encargo (cómo y cuándo lo quiere, qué formato desea, a quién va destinado el documento final…) La cruda realidad es que te encuentras de repente con un cliente estresado porque ha dejado la traducción de su documento para última hora, y lo único que te dice es “cuanto antes por favor”. Hay que acostumbrarse, normalmente con tiempo y confianza se consigue que el cliente colabore, pero por si acaso cuanto antes nos concienciemos de que “iremos a ciegas” mejor, ninguna precaución está de más.

2. El experto es también lingüista: GRAN ERROR. Muy a menudo nos encontramos con auténticos jeroglíficos que ponen en duda todos nuestros años de estudio de idiomas (¿Qué curso será el que me perdí?), hasta que descubrimos que nuestro redactor, como muchas personas, sabe mucho de lo que está escribiendo, pero no se ha planteado cómo redactarlo correctamente. “Si yo lo entiendo mi lector también me enterá”, es la explicación que yo le doy a este fenómeno. Es mejor no intentar meterse en la cabeza del experto para saber qué es lo que querría decir (podemos acabar muy locos); mi consejo es que intentemos asumir el rol de usuario, si yo fuera a leer esto, ¿lo entendería? ¿resolvería mis dudas?. Y por si acaso, rodéate de un buen grupo de expertos en diversas áreas, nunca sabes cuando podrás necesitarlos.

3. Material de apoyo: busca en google. Recuerdo que en mis traducciones de manuales y patentes en la universidad siempre aparecían dibujos y/o descripciones de las piezas que formaban parte del “cacharro” a traducir y no puedo evitar preguntarme si no será que a los clientes de repente se les ha olvidado incluirlas en los documentos. Desgraciadamente esta es una tendencia cada vez más generalizada. La mejor opción es recurrir a google images, para las traducciones técnicas es fundamental tener un apoyo visual y en internet hay un montón de fotos de los aparatitos más novedosos del mercado (que serán probablemente sobre los que tendremos que traducir) y que son muy útiles para hacernos una idea de cómo funciona nuestro objeto.

Son solo tres pero por cada encargo existen montones de mitos desmentidos, desgraciadamente los lunes por la mañana no son precisamente para que florezcan las ideas. ¿Alguna aportación?