De cabinas y glosarios

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Monthly Archives: octubre 2012

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La frialdad de la lengua extranjera

Hoy, después de algún tiempo, he tenido que volver a enfrentarme con un viejo enemigo. Y esta vez me ha ganado (por ahora).

Lo tenía todo preparado en mi cabeza. El cliente buscaba traductor exactamente con mi perfil: combinación de idiomas, experiencia, dominio de X herramienta de traducción asistida… Solo me faltaba una cosa: pasar mi esquema mental de la carta de presentación de mi cabeza al papel (en este caso a la pantalla del ordenador) y a esperar.

Pero no he podido. ¿Por qué?. Por algo que puede parecer muy estúpido y, sin embargo, no deja de hacérseme cuesta arriba: el cliente era español. Sí, sí, español de España, vamos. Y con castellano como lengua materna.

¿Cómo algo aparentemente tan simple se puede convertir en tal dolor de cabeza?. A simple vista solo se trataba de intentar venderle mis servicios a alguien que me entiende perfectamente, que conoce en bastante profundidad los matices que le describo en mi carta de presentación y dejar que se forme la opinión que yo quiero que se forme de mi. Pero no lo he conseguido; me sentía “demasiado subjetiva” (si es que esa sensación se puede describir con palabras).

No es ni mucho menos el primer cliente español al que me he dirigido, pues en cuanto salí de la facultad bombardeé a cientos de agencias en busca de un puesto en plantilla; pero en aquellos tiempos estaba “tan verde” que ni mis conocimientos ni mi noción del mundo laboral me hacían percatarme de la importancia que una buena presentación ante clientes en potencia en mi lengua materna.

Así, durante los últimos meses he estado buscando clientes extranjeros, puliendo al máximo mis “writing skills” hasta el punto de casi llegar a convertirme en una crack del automarketing, claro, lo veía todo como desde fuera (incluso después de horas redactando y revisando cartas de presentación).

La conclusión a la que he llegado tras horas de reflexión es que, debido al alejamiento que me supone escribir en una lengua con la que no me identifico (podré llegar a dominarla, pero nunca será mi lengua materna) me proporciono un grado de “objetividad” hacia mi misma que no experimento con el castellano( llamémoslo mejor “frialdad”, que objetividad y curriculum no suelen ir de la mano precisamente) . De esta forma le explico a una persona X que tal persona que se llama como yo y que es exactamente igual que yo saber hacer esto y esto que podría interesarle y me quedo tan tranquila sabiendo que me entiende.

Por poner un ejemplo más claro: La sensación es la misma que si miráis fijamente a una persona a la cara y le decís un “I love you” que lo deje frío. Pues sí, puede quedarse frío y sentirse la persona más maravillosa del mundo, pero seguro que tú no te sientes igual que si le sueltas  un “te quiero” de esos de los que salen de dentro, aunque la intención sea la misma.

Resulta cuanto menos paradójico pensar que la lengua que llevo hablando durante toda mi vida, en la que me he formado y con la que mejor expreso todo lo que pasa por mi cabeza, incluso aquellos sentimientos que tienen difícil explicación con palabras, sea aquella que más obstáculos me anda poniendo en mi desarrollo profesional (y no es porque no la domine, sino porque siento que me involucra demasiado en todos los procesos de mi vida).

Parece como si en nuestra mente estuviera justificado que, al escribir en una lengua extranjera, es evidente que podemos cometer pequeños fallos de expresión y estos están más que perdonados. Fallos, sin embargo, que no tienen justificación ninguna al expresarnos en castellano, pues es la lengua a la que traducimos y es en la que, a fin de cuentas, tenemos que demostrar que realizamos el trabajo excepcional que decimos realizar al vender nuestros servicios a un cliente en potencia. Si el cliente pilla el error, ¿será indulgente?. Claro que no. Si contrato los servicios de un traductor que trabaja hacia su lengua materna es porque sé que la domina a la perfección y si no es capaz de presentarse en castellano sin cometer errores de expresión… ¡Estamos apañaos!

Así que en esas me encuentro, dándome de cabezazos con un muro invisible que yo misma tengo que romper antes de que el temor se convierta en miedo y el miedo en trauma y todo ello me bloquee por completo.

Mañana lo volveré a intentar, a ver si mi mente está más inspirada.

See you soon, babies!

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Cuando la oportunidad llama a tu puerta

Nunca me ha gustado que me regalen nada (en sentido estrictamente profesional), pues me he imaginado a mi misma labrándome una carrera de éxito basada en el trabajo y el esfuerzo (algo así como el sueño americano made in Sevilla). Creo firmemente que los regalos o las oportunidades que caen del cielo nos aportan grandes alegrías, pero estas son infinitamente mayores cuando proceden de un gran esfuerzo fruto de un largo periodo de planificación, que trae como consecuencia la realización de “sueños” profesionales.

 
El problema es que, en los tiempos que corren, conseguir una oportunidad era es algo menos que imposible. Me he quejado una y mil veces, no de que no haya trabajo, sino de que nadie me ofreciera una oportunidad. Nos encontramos ante la misma historia de siempre: para acceder a un buen puesto de trabajo debes poder demostrar experiencia, para poder demostrar experiencia es necesario haber trabajado. Así, se produce un círculo vicioso del que los job seekers noveles tienen grandes problemas en salir.

 
En ese estado de jubilada amargada me encontraba yo, dándole vueltas a mis perspectivas laborales en un futuro cercano (e incierto), cuando un alma caritativa (de entre las pocas que pueden contarse hoy en día) decidió darme un voto de confianza y ofrecerme mi primera oportunidad de demostrar al mundo mi valía profesional. No es una oportunidad laboral, es una oportunidad de autorealización profesional, lo que supone todo un reto. Pero, ¿qué es la vida sin desafíos?

 

Así que durante las próximas semanas me meteré en una cabina a interpretar unos talleres medioambientales organizados por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (más conocido como FEDER), junto a profesionales de AIIC con más años de experiencia a sus espaldas de los que yo pueda imaginar.

Es todo un reto, sí; pero me encantan los retos. Lo único que quería era una oportunidad y esta, de una forma o de otra, ha llegado. No es que no esté contenta, pero no puedo menos que estar acojonada acongojada al pensar en quiénes serán mis collegas durante las jornadas. Y, como todo reto, puede suponer un fracaso estrepitoso en mi carrera y mi suicidio profesional, aunque yo prefiero verlo como la posibilidad de dar un gran impulso a mi vida laboral.

¿Que cómo lo he conseguido? Pues siguiendo el método tradicional de mi madre para conseguir trabajo/hacerte escuchar: mucha humildad y ser cansina hasta matarlos de aburrimiento. A mi me ha funcionado, después de más de 1 año persiguiendo a profesionales y posibles clientes, cuando ya había perdido la esperanza de poder meter la cabeza en el “mundillo”.

Creo que si yo he podido cualquiera puede (siempre que sea constante y no se dé por vencido ante la avalancha de noes que va a recibir). Con humildad y paciencia (y siendo conscientes de nuestras limitaciones) se pueden conseguir grandes cosas.
Ahora a mantener el tipo y a mostrarse a la altura 🙂

 

PD: Lo que normalmente dice mi madre es: “Hay dos tipos de personas: las que consiguen las cosas porque son los mejores y las que las consiguen por cansinos. Si no eres la mejor, por lo menos sé la más insistente. Al final, aunque solo sea para que dejes de dar la lata, más de uno te dará una oportunidad”. No es que tenga mucha base científica, pero a mi me ha funcionado

Interpretaciones que te devuelven la vida

Después de tanto tiempo esperando, por fin llegó tan ansiado y, a la vez temido, evento.

Tras un mes preparando los glosarios, estudiando la vida y milagros de los ponentes y desesperada ante mis notas horrorosas (pero no por ello menos eficaces), me desperté el día en sí a las 7:15 con un dolor de cabeza que tumbaría a un gigante, tras una larga noche de insomnio cortesía de Antena 3 y sus películas de terror, dispuesta a hacer la interpretación de mi vida.
Cuadernito en mano, ristra de bolígrafos en el bolso (por si acaso), empecé a revivir intensamente los momentos previos a mi examen de final de máster… y el pánico se apoderó de mi.

Desde siempre he tenido una gran confianza en mi memoria (actitud que tanto profesores como colegas han alabado), pues esta siempre me ha ayudado a la hora de recordar detalles y anécdotas de los discursos; pero soy muy consciente de que la memoria no lo es todo en interpretación y, en ese momento, la evidencia se hizo patente.

Así que no me quedó más remedio que armarme de valor y presentarme allí, delante de una treintena de personas que no había visto en mi vida (30 personas son muchas si las ves a todas sentaditas mirándote con cara de interés), respirando profundamente y repitiéndome una y otra vez que todo intérprete pasa por eso varias veces en la vida.

De izquierda a derecha: cuadernito de notas, bolígrafos A, B y C (por orden de importancia). Falta el micrófono, que es uno de esos inalámbricos que pesan más que yo.

Y al final… pues al final fue más de lo mismo, el que trabaje habitualmente como intérprete conocerá esta historia de memoria. Los ponentes, más que acostumbrados a dar charlas con intérpretes, estaban en su salsa, el público la mar de interesado no le quitaba los ojos de encima, como todos provenían del mismo “mundillo” la charla fue de lo más distendida, me sentí tan cómoda (después de haber esperado una enumeración de todos los tecnicismos listados en el diccionario cualquier cosa era agradable) que hice mi trabajo como mejor sabía hacerlo y, al final, todos a casa contentos.

No hubo juegos de palabras enrevesados, ni chistes verdes que solo ellos comprendían, ni referencias irónicas al último discurso de Obama… Solo personas charlando tranquilamente de lo que les gusta e intercambiando ideas.

Si es que a los intérpretes nos gusta ponernos en lo peor. Las notas se adaptan a la situación en que se encuentre el intérprete en cada momento y, en mi caso, volvieron a cumplir su función (y yo con miedo a que la mano se me hubiera oxidado en este tiempo).
Personalmente fue una experiencia que elevó al máximo mi autoestima profesional, me confirmó algo que ya sospechaba: que puedo hacerlo y, en cuanto a mi posición profesional, me ayudó a reafirmar algo que se me estaba empezando a olvidar, que ante todo amo mi trabajo.

 
Y es que no hay nada como el trabajo bien hecho. Y a vosotros, ¿qué os hace profesionalmente felices?

Revisiones que inducen al suicidio

  Acabo de terminar una revisión que me ha tenido al borde del suicidio durante las últimas horas. Y no hablo precisamente del suicidio profesional, pues hubiera sido el colmo, sino a las ansias de agarrar el primer objeto punzante que pasara cerca de mí y acabar con mi sufrimiento.

El cliente tenía bastante prisa; por lo que se ve el traductor le había entregado el documento pasado el plazo y, desgraciadamente, no era esa su única desgracia.

Hace unos meses leí una entrada interesantísima en el blog El traductor en la sombra sobre el destrozo que algunos revisores hacen al trabajo del traductor. Y no se trata simplemente del destrozo del trabajo, propiamente dicho, sino también del destrozo moral que provoca en el traductor ver el esfuerzo dedicado al buen desempeño de un trabajo desprestigiado por nimiedades que en nada ayudan al traductor y poco o nada aportan a la traducción.

Tales “tiquismiqueces” (neologismo made in YO para referirse a la saña con la que atacan algunos revisores) perjudica muchísimo y, con eso en mente, me dispuse a trabajar como una revisora ejemplar (lo que mi cabeza define como “ejemplar”, que con certeza distará bastante de lo que piensen otros).

Así, fui dejando pasar detalles lingüísticos mejorables, en pro de la autoestima del traductor (a fin de cuentas hay muchas formas de expresar una misma idea, aunque cada uno tengamos nuestro término preferido) hasta que mi ética y mi pudor lingüístico me obligaron a meter mano al asunto.

Y no es que el texto estuviera mal, no, es que podría haberlo redactado mejor cualquier alumno de secundaria. Calcos alarmantes, ausencia de mayúsculas en todos los inicios de frase, utilización de los signos de exclamación e interrogación como si de un mensaje en un chat se tratara, lenguaje totalmente robótico…

No quiero ensañarme con el traductor, pues todos estamos en el mismo barco y un mal día puede tenerlo cualquiera; pero el texto no era difícil y las normas básicas de traducción que se nos enseñan en la facultad (por básicas que sean) no fueron respetadas. Lo que me lleva a pensar que se trate de dos posibilidades:

1)      Que el traductor del texto aún sea estudiante y haya mentido en el currículum diciendo que es traductor o,

2)      Que sea alguien ajeno a la traducción y se haya aventurado alegando “que traducir lo puede hacer cualquiera”.

No quiero entrar en peleas sobre el intrusismo profesional o la falta de preparación de nuestros estudiantes de TEI, que es fin de semana y ante todo quiero buenas vibraciones, pero una cosa debería quedar clara a todos los que se dedican a traducir o quieren dedicarse a ello, profesionalmente o por hobby:

LO MÁS IMPORTANTE PARA PODER TRADUCIR ES DOMINAR TU LENGUA MATERNA

Algunos discreparán y dirán que hay otras cosas más importantes; pero lo que está claro es que no se puede traducir o interpretar sin dominar la lengua materna. Y eso no es cosa de dos días ni se aprende solo por haber nacido en tal o cual país. La lengua, en todas sus formas, se aprende estudiando, leyendo y redactando y, por supuesto, equivocándose. Pero el momento de equivocarse no es precisamente cuando se está traduciendo. Eso va para todos, porque quien no tenga el respeto por la lengua materna por bandera y crea que solo por hacer nacido en un país ya domina la lengua a la perfección nos está ninguneando a todos los del gremio y dejándonos a la altura del betún.

Por parte del cliente debo decir que tampoco me daba mucha pena. Ya he trabajado con él algunas veces y me consta que es de los que creen a ciegas en los currículums y no hacen pruebas de traducción. Esto vale para algunos porque no tienen tiempo para corregir pruebas y para otros porque son conscientes de que si no hacen prueba pueden aceptar “a cualquiera” y, con ello, pagar la tarifa que les venga en gana.

La clave para establecer una buena relación con un traductor es, desde mi punto de vista, realizarle una prueba que se adapte a sus características, por lo menos para comprobar si es apto o no para el puesto y no venir llorando después porque hizo la mayor chapuza de la historia.

Hasta aquí mi punto de vista. Como veis hoy me he levantado en pie de guerra y con ganas de reclamarle al mundo.

Y a vosotros ¿qué os saca de quicio en vuestro trabajo?