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Sobre la especialización del traductor o cómo especializarse por accidente

La autora


Me llamo María Fernández-Palacios y soy intérprete de conferencias, traductora y emprendedora. Si deseas contactar conmigo puedes hacerlo a través de la sección de Contacto

El otro día iba por la calle pensando en la obsesión que parece haber entre la comunidad traductora (especialmente las agencias) por la especialización en alguna materia concreta y me irrité bastante pensando en cómo se puede malgastar tanta energía en tan solemne idiotez (Me perdonen los que discrepen, que imagino serán bastantes, pero esa es, haciendo un conciso resumen, mi opinión al respecto)

Como digo siempre en todas mis entradas, mi ejemplo no es extrapolable y cada traductor es un mundo, pero no dejo de pensar que si a mí la especialización me llegó por accidente ¿Cuántos traductores habrá por ahí que se encuentren en mi misma situación, especializados en algún tema que les sirve para bien poco solo por azares del destino?

En la carrera siempre se me daban bien los temas jurídicos y los económicos y me esforcé al máximo por aprender todo cuanto pudiera de ellos. Más tarde mi hermana y algunos amigos de ciencias me acosaron para que les revisara redacciones de informes de química, física o botánica, temas que a mi parecer son interesantísimos y a los que decidí que me gustaría dedicarme profesionalmente. Pero la suerte quiso que otros temas se cruzaran en mi vida profesional y me desviaran del camino, entre ellos uno, que nunca hubiera pensado que me daría de comer y que parece que no quiere apartarse de mi vida: LA RELIGIÓN (Aquí es cuando algunos empezarán a hacer muecas de sorpresa y a otros les saldrá la sonrisilla) Sí, a mí, que me hubiera encantado meterme en una cabina a hablar sobre problemas con las balanzas de pago o incumplimientos de cláusulas de contratos me había tocado hablar de la concepción humana del Espíritu Santo.

Mis padres me educaron en una escuela religiosa, donde estudié hasta acabar la ESO. Después en Bachillerato me apasionó la historia del arte (incluido por supuesto el arte sacro) de la que me empapé hasta no poder absorber más. Más tarde, en el máster, tuve que hacer una tesina para la asignatura “Historia de la Traducción” y busqué un tema fácil porque realmente necesitaba todas las horas del día para practicar interpretación y no podía darme el lujo de perder el tiempo, por lo que hice un análisis sobre las diferentes traducciones de la Biblia (tema polémico que da mucho de qué hablar, pero bastante sencillo). Al acabar el máster tuve que enfrentarme a mi primera experiencia profesional en cabina en un congreso internacional sobre religión y teología (teología no es religión, aunque muchos no aprecien la diferencia). Fueron semanas y semanas leyendo a teólogos de diversas opiniones y buscando información como si vinieran a supervisar mi trabajo enviados del Vaticano.

Y después de eso ¿qué?

Pues nada, después de eso tengo 15 años de experiencia en temas religiosos y teológicos que quedan muy bien expuestos en mi curriculum, por lo que se podría decir que es mi área de especialización

¿Significa eso que no puedo, por ello, hacer una buena traducción/interpretación de un contrato mercantil o de un libro de texto sobre la formación de aldehídos?

Yo creo que no (aunque habría que preguntárselo a los clientes, por supuesto) y, sin embargo, no puedo ir con la cabeza alta a un cliente y decirle que son “mis áreas de especialización” porque profesionalmente solo haya tenido algunos encargos en la materia.

Sabemos de sobra que se nos prepara para adaptarnos a casi cualquier tipo de situación profesional y, evidentemente, hay temas que nos atraen más que otros (yo sé de sobra que me moriría de la pena traduciendo literaria y que no podría traducir, aunque quisiera, nada sobre temas de balística, gestión de datos biométricos o arquitectura)

Pero nadie nace sabiendo y se nos presupone suficientemente maduros para saber qué tipo de encargos podemos y debemos aceptar porque se adecúan a nuestra capacidad. Creo que de una forma o de otra deberíamos intentar cambiar esta concepción, aunque los traductores “especializados” piensen que no sea positivo e intentar hablar más en términos de “áreas de interés o comodidad”. Al menos así es como yo lo veo


2 comentarios

  1. phopunpf dice:

    Creo que estás muy equivocada al afirmar que la especialización es una idiotez. Tú misma te contradices al reconocer que hay temas que no podrías traducir aunque quisieras, por eso mismo es necesario especializarse. Está claro que todo se puede aprender, pero un traductor que domine un campo determinado será menos propenso a cometer errores que otro que no haya traducido nunca un texto en el mismo campo. En mi caso desconfío de los «jack of all trades», independientemente de la profesión.

    PD: Por cierto, encuentro que en tu texto faltan una gran cantidad de puntos (signo de puntuación).

    • No es que esté absolutamente en contra de la especialización, pero, como menciono al final de la entrada, creo que sería más conveniente hablar de “áreas de comodidad”. Lógicamente, un egresado en TEI no tiene casi especialización y exigirle de todas, todas, un área de especialización para que pueda empezar a mover su currículum en agencias me parece absurdo (porque se le están cerrando puertas a nuestros recién licenciados). También creo en las áreas de comodidad porque, por ejemplo, por mucho que una persona pueda saber de agricultura, puede resultarle tan tedioso ese tema que el simple hecho de ver la palabra “fertilizante” o “biodegradable” le impida ponerse a traducir. En cualquier caso creo que un traductor mentalmente maduro sabe qué clase de encargos puede asumir y no se lanza al primer documento que le envíen aunque no tenga ni idea.

      Gracias por el tirón de orejas con la puntuación, a veces me olvido de que no estoy redactando solo para mí y debería revisar con más cuidado.

      Un saludo.

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