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Porqué Brasil no es el nuevo el Dorado para los intérpretes

  Se habla mucho últimamente de la falta de intérpretes de conferencias en Brasil ante los eventos que se avecinan (visita del Papa, JJ.OO.) y de cómo la demanda de este tipo de profesionales está creciendo a pasos agigantados en el país. Muchos recién licenciados y algunos intérpretes con algo de experiencia se están planteando ir para allá a probar suerte en los próximos meses y pese a las grandes expectativas creo que no está de más que dé una visión realista de cómo están realmente las cosas por allí, basándome en mi propia experiencia como medio emigrante.

No quiero parecer pesimista ni alarmista, pero sinceramente creo que la imagen que nos llega aquí de las necesidades profesionales en Brasil es excesivamente prometedora y está más que distorsionada. Hace 7 meses fui allí por primera vez para ver si era verdad lo que decían y la verdad es que me quedé sorprendida por el enorme grado de desarrollo que mostraba el país. Sin embargo, mi realidad laboral fue todo lo contrario a lo que podría haber imaginado.

Brasil ha sido hasta hace muy poco para Europa un país pobre, que merecía que miráramos hacia él con lástima y compasión (deuda externa desorbitada, niveles de corrupción impensables en Europa, violencia callejera digna de país en guerra, pobreza, el famoso “turismo sexual”, gran eufemismo de lo que no es ni más ni menos que prostitución infantil a costes mínimos para europeos con pocos escrúpulos y un largo etcétera). Incluso los hay que, desgraciadamente, todavía piensan así. Hace unos años comenzó el gran cambio, el “boom” del desarrollo que durante años se les había prometido y que muy pocos habían llegado a creer. Lula creó un sistema de ayudas sociales que permitió el acceso a la enseñanza universitaria de las clases más desfavorecidas y muchos estudiantes brasileños comenzaban a salir del país a estudiar idiomas. El licenciado medio brasileño de hoy en día no tiene nada que envidiarle a un europeo. Por supuesto, como en todos los sitios, hay universidades mejores y peores y por eso se habla de la necesidad de llevar, en ciertos sectores, a profesionales cualificados extranjeros.

Todo esto ocurre a nivel institucional, muy bien. ¿Pero qué hay del nivel social?

La sociedad brasileña se ha dado cuenta de que el cambio era posible y de que, por mucho que nosotros no queramos verlo, no nos necesitan. La discriminación y la humillación recibida por parte de los europeos y los estadounidenses todavía hace mella en muchos sectores de la población y el resentimiento hacia Europa es casi tan fuerte como podría ser hace 3 siglos. No solo contra los portugueses por el expolio al que sometieron a su país, también contra España por las políticas de extradición que ha llevado a cabo en los últimos años, contra la UE en general por hacer oídos sordos a sus súplicas y por las barreras aduaneras a sus productos y contra EE.UU porque les ha tratado de terroristas por defender su bien más preciado: el petróleo. Para el grueso de la sociedad solo existen dos tipos de personas: los brasileños y los gringos y es muy común escuchar por ahí “Yo no le daría trabajo a un gringo ni aunque me suplicara”.

En esa situación me encontré yo cuando llegué. Es cierto que cada persona es un mundo y que mi experiencia no es extrapolable a las vivencias de otros muchos españoles que se están abriendo camino con mayor o menor éxito en el mercado brasileño. Escogí Goiás, ciudad pequeña en medio de las montañas a cuatro horas al sur de Brasilia (nada comparable con la vida de una persona que viva en Rio o en São Paulo y, evidentemente, a un tiro de piedra de la capital, ya que en distancias brasileñas cuatro horas no es nada). Me fui allí porque tenía amigos y pareja y creí que por eso la adaptación sería más fácil. Nada más lejos de la realidad. Me encontré con enormes dificultades para comunicarme, de los tres currículos que dejé el primer mes en mano, en dos de ellos me miraron con desprecio y en el tercero recibí una amable sonrisa y un “ya te llamaremos” (de eso no me puedo quejar, me llamaron meses más tarde ofreciéndome un trabajo con un sueldo miserable, pero al menos me llamaron). Una amiga Doctora en historia me dijo: “He participado en muchos congresos y te aseguro que los organizadores antes pagarían el doble para que alguien de aquí haga una inversa mediocre que contratar a una gringa para que les haga una interpretación maravillosa”. Otros me han hecho comentarios del tipo: “Podrás casarte, podrás tener hijos y vivir toda la vida aquí, pero siempre serás gringa para ellos”.

Ante este panorama no ha sido fácil seguir adelante y me han hecho falta muchas sesiones de curación de autoestima y muchas tarrinas de dulce de leche en los momentos de bajón.

Como digo, no me gustaría quitarle la ilusión a nadie, pero quisiera a toda costa evitar que algún compañero ilusionado se lleve un desengaño. Ir a un país donde no se conoce a nadie simplemente porque “hay posibilidades de futuro” a la larga no funciona, o puede funcionar tanto como trabajar en algo que no te gusta simplemente “porque el sueldo es bueno”. Hay muchas posibilidades ahí fuera y quién la sigue la consigue, hay que tener ganas, perseverancia y mucha, mucha paciencia. En nuestra profesión la tasa de noes por cada sí que recibimos es inmensa, pero hay muchísimas vías que se pueden explorar.

El otro día una profesora de interpretación de la uni me comentó: “El problema de los licenciados en TEI de hoy en día es que tenéis mucha prisa y con prisa las cosas no salen bien”. Aún estoy dándole vueltas a esa frase, quizás no actuar ahora nos cierre algunas puertas profesionales, pero dejar madurar la mente y aprender de los que saben más que nosotros y están cerca puede abrirnos muchísimas más. Al menos eso es lo que quisiera creer

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