De cabinas y glosarios

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Este es el comienzo de una hermosa amistad

Querida María:

Acabo de enviarte el pago de la traducción. Como comprobarás cuando realices la consulta, he ingresado unos 12€ adicionales, por si había que contar con comisiones bancarias. El resto del importe guárdalo y, si no te importa, lo descuentas en el próximo encargo, que ya sabes que las cosas no están demasiado bien.

Saludos, Johny

El texto anterior es una traducción de un email que me envió Johny, un compañero traductor, hace pocas semanas. Johny acaba de abrir una agencia de traducción y, como toda empresa, los comienzos no son nada fáciles. A las dificultades, conocidas por todos, de conseguir encargos y hacer que el cliente pague se ha añadido, recientemente, la necesidad de expandir su base de datos de colaboradores, tarea harto difícil si se tiene en cuenta la falta de tiempo y de personal para realizar y corregir los tests de los nuevos colaboradores.

Mi caso fue diferente, yo fui recomendada por un cliente de bastante confianza, amigo íntimo del susodicho Johny, quien, agradecido por poder contar con una traductora de confianza (iba recomendada por su amigo íntimo y colega profesionalísimo) no ha dudado en mostrarme de esa forma su agradecimiento por el buen trabajo realizado. No es que sea el método más ortodoxo para ganarse la confianza de un colaborador, pero no deja de sorprenderme por su originalidad y eficacia. Original porque ha hecho algo que pocas personas hacen hoy en día: pagar por adelantado a un profesional digno de su confianza y eficaz porque ha conseguido ser mi nuevo cliente favorito (y de paso comprometerme a estar ahí cuando surja un nuevo encargo).

Y todo esto me ha llevado a reflexionar sobre la efectividad de las actividades de marketing que nosostros, los autónomos, llevamos a cabo para dar a conocer nuestras actividades. Se habla hoy en día de innovar, quien no innova se estanca y se pierde entre la multitud de iguales que tienen exactamente el mismo producto o servicio para ofrecer. Se habla de destacar; si no destacamos estamos condenados a una vida profesional nada halagüeña y a tener que vivir constantemente demostrando que somos en realidad buenos profesionales.

No voy a entrar a debatir sobre la facilidad o dificultad de encontrar buenos profesionales en los que poder confiar en calidad de colaborador, pero, a juzgar por el optimismo de Johny, no debe ser tarea fácil. De lo que no cabe duda es de que ha sabido vender una nueva estrategia que, por qué no, aunque rompa todos los esquemas de la ortodoxia profesional, no deja de hacerlo destacar muy positivamente.

Y no es que 12€ vayan a sacarme de pobre, pero son de agradecer (y son todo un detalle viniendo de un cliente nuevo). Así es como él muestra su agradecimiento por la confianza depositada y correspondida, así es como se gana el afecto y la fidelidad de un nuevo colaborador (que tal vez considera un buen profesional al que no le gustaría perder) y así es como consigue, imagino que en parte, generar un feedback positivo por parte de quienes trabajan con él que no puede sino generarle una buena imagen y una buena reputación ante clientes potenciales y futuros colaboradores.

Ha innovado, ha destacado y no ha dejado de mostrar que es un buen profesional.

Quizás deberíamos plantearnos romper las reglas y ser un poco más originales a la hora de promocionarnos.

No sé qué os parecerá a vosotros, pero yo presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad…

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La frialdad de la lengua extranjera

Hoy, después de algún tiempo, he tenido que volver a enfrentarme con un viejo enemigo. Y esta vez me ha ganado (por ahora).

Lo tenía todo preparado en mi cabeza. El cliente buscaba traductor exactamente con mi perfil: combinación de idiomas, experiencia, dominio de X herramienta de traducción asistida… Solo me faltaba una cosa: pasar mi esquema mental de la carta de presentación de mi cabeza al papel (en este caso a la pantalla del ordenador) y a esperar.

Pero no he podido. ¿Por qué?. Por algo que puede parecer muy estúpido y, sin embargo, no deja de hacérseme cuesta arriba: el cliente era español. Sí, sí, español de España, vamos. Y con castellano como lengua materna.

¿Cómo algo aparentemente tan simple se puede convertir en tal dolor de cabeza?. A simple vista solo se trataba de intentar venderle mis servicios a alguien que me entiende perfectamente, que conoce en bastante profundidad los matices que le describo en mi carta de presentación y dejar que se forme la opinión que yo quiero que se forme de mi. Pero no lo he conseguido; me sentía “demasiado subjetiva” (si es que esa sensación se puede describir con palabras).

No es ni mucho menos el primer cliente español al que me he dirigido, pues en cuanto salí de la facultad bombardeé a cientos de agencias en busca de un puesto en plantilla; pero en aquellos tiempos estaba “tan verde” que ni mis conocimientos ni mi noción del mundo laboral me hacían percatarme de la importancia que una buena presentación ante clientes en potencia en mi lengua materna.

Así, durante los últimos meses he estado buscando clientes extranjeros, puliendo al máximo mis “writing skills” hasta el punto de casi llegar a convertirme en una crack del automarketing, claro, lo veía todo como desde fuera (incluso después de horas redactando y revisando cartas de presentación).

La conclusión a la que he llegado tras horas de reflexión es que, debido al alejamiento que me supone escribir en una lengua con la que no me identifico (podré llegar a dominarla, pero nunca será mi lengua materna) me proporciono un grado de “objetividad” hacia mi misma que no experimento con el castellano( llamémoslo mejor “frialdad”, que objetividad y curriculum no suelen ir de la mano precisamente) . De esta forma le explico a una persona X que tal persona que se llama como yo y que es exactamente igual que yo saber hacer esto y esto que podría interesarle y me quedo tan tranquila sabiendo que me entiende.

Por poner un ejemplo más claro: La sensación es la misma que si miráis fijamente a una persona a la cara y le decís un “I love you” que lo deje frío. Pues sí, puede quedarse frío y sentirse la persona más maravillosa del mundo, pero seguro que tú no te sientes igual que si le sueltas  un “te quiero” de esos de los que salen de dentro, aunque la intención sea la misma.

Resulta cuanto menos paradójico pensar que la lengua que llevo hablando durante toda mi vida, en la que me he formado y con la que mejor expreso todo lo que pasa por mi cabeza, incluso aquellos sentimientos que tienen difícil explicación con palabras, sea aquella que más obstáculos me anda poniendo en mi desarrollo profesional (y no es porque no la domine, sino porque siento que me involucra demasiado en todos los procesos de mi vida).

Parece como si en nuestra mente estuviera justificado que, al escribir en una lengua extranjera, es evidente que podemos cometer pequeños fallos de expresión y estos están más que perdonados. Fallos, sin embargo, que no tienen justificación ninguna al expresarnos en castellano, pues es la lengua a la que traducimos y es en la que, a fin de cuentas, tenemos que demostrar que realizamos el trabajo excepcional que decimos realizar al vender nuestros servicios a un cliente en potencia. Si el cliente pilla el error, ¿será indulgente?. Claro que no. Si contrato los servicios de un traductor que trabaja hacia su lengua materna es porque sé que la domina a la perfección y si no es capaz de presentarse en castellano sin cometer errores de expresión… ¡Estamos apañaos!

Así que en esas me encuentro, dándome de cabezazos con un muro invisible que yo misma tengo que romper antes de que el temor se convierta en miedo y el miedo en trauma y todo ello me bloquee por completo.

Mañana lo volveré a intentar, a ver si mi mente está más inspirada.

See you soon, babies!

Cuando la oportunidad llama a tu puerta

Nunca me ha gustado que me regalen nada (en sentido estrictamente profesional), pues me he imaginado a mi misma labrándome una carrera de éxito basada en el trabajo y el esfuerzo (algo así como el sueño americano made in Sevilla). Creo firmemente que los regalos o las oportunidades que caen del cielo nos aportan grandes alegrías, pero estas son infinitamente mayores cuando proceden de un gran esfuerzo fruto de un largo periodo de planificación, que trae como consecuencia la realización de «sueños» profesionales.

 
El problema es que, en los tiempos que corren, conseguir una oportunidad era es algo menos que imposible. Me he quejado una y mil veces, no de que no haya trabajo, sino de que nadie me ofreciera una oportunidad. Nos encontramos ante la misma historia de siempre: para acceder a un buen puesto de trabajo debes poder demostrar experiencia, para poder demostrar experiencia es necesario haber trabajado. Así, se produce un círculo vicioso del que los job seekers noveles tienen grandes problemas en salir.

 
En ese estado de jubilada amargada me encontraba yo, dándole vueltas a mis perspectivas laborales en un futuro cercano (e incierto), cuando un alma caritativa (de entre las pocas que pueden contarse hoy en día) decidió darme un voto de confianza y ofrecerme mi primera oportunidad de demostrar al mundo mi valía profesional. No es una oportunidad laboral, es una oportunidad de autorealización profesional, lo que supone todo un reto. Pero, ¿qué es la vida sin desafíos?

 

Así que durante las próximas semanas me meteré en una cabina a interpretar unos talleres medioambientales organizados por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (más conocido como FEDER), junto a profesionales de AIIC con más años de experiencia a sus espaldas de los que yo pueda imaginar.

Es todo un reto, sí; pero me encantan los retos. Lo único que quería era una oportunidad y esta, de una forma o de otra, ha llegado. No es que no esté contenta, pero no puedo menos que estar acojonada acongojada al pensar en quiénes serán mis collegas durante las jornadas. Y, como todo reto, puede suponer un fracaso estrepitoso en mi carrera y mi suicidio profesional, aunque yo prefiero verlo como la posibilidad de dar un gran impulso a mi vida laboral.

¿Que cómo lo he conseguido? Pues siguiendo el método tradicional de mi madre para conseguir trabajo/hacerte escuchar: mucha humildad y ser cansina hasta matarlos de aburrimiento. A mi me ha funcionado, después de más de 1 año persiguiendo a profesionales y posibles clientes, cuando ya había perdido la esperanza de poder meter la cabeza en el «mundillo».

Creo que si yo he podido cualquiera puede (siempre que sea constante y no se dé por vencido ante la avalancha de noes que va a recibir). Con humildad y paciencia (y siendo conscientes de nuestras limitaciones) se pueden conseguir grandes cosas.
Ahora a mantener el tipo y a mostrarse a la altura 🙂

 

PD: Lo que normalmente dice mi madre es: «Hay dos tipos de personas: las que consiguen las cosas porque son los mejores y las que las consiguen por cansinos. Si no eres la mejor, por lo menos sé la más insistente. Al final, aunque solo sea para que dejes de dar la lata, más de uno te dará una oportunidad». No es que tenga mucha base científica, pero a mi me ha funcionado

Interpretaciones que te devuelven la vida

Después de tanto tiempo esperando, por fin llegó tan ansiado y, a la vez temido, evento.

Tras un mes preparando los glosarios, estudiando la vida y milagros de los ponentes y desesperada ante mis notas horrorosas (pero no por ello menos eficaces), me desperté el día en sí a las 7:15 con un dolor de cabeza que tumbaría a un gigante, tras una larga noche de insomnio cortesía de Antena 3 y sus películas de terror, dispuesta a hacer la interpretación de mi vida.
Cuadernito en mano, ristra de bolígrafos en el bolso (por si acaso), empecé a revivir intensamente los momentos previos a mi examen de final de máster… y el pánico se apoderó de mi.

Desde siempre he tenido una gran confianza en mi memoria (actitud que tanto profesores como colegas han alabado), pues esta siempre me ha ayudado a la hora de recordar detalles y anécdotas de los discursos; pero soy muy consciente de que la memoria no lo es todo en interpretación y, en ese momento, la evidencia se hizo patente.

Así que no me quedó más remedio que armarme de valor y presentarme allí, delante de una treintena de personas que no había visto en mi vida (30 personas son muchas si las ves a todas sentaditas mirándote con cara de interés), respirando profundamente y repitiéndome una y otra vez que todo intérprete pasa por eso varias veces en la vida.

De izquierda a derecha: cuadernito de notas, bolígrafos A, B y C (por orden de importancia). Falta el micrófono, que es uno de esos inalámbricos que pesan más que yo.

Y al final… pues al final fue más de lo mismo, el que trabaje habitualmente como intérprete conocerá esta historia de memoria. Los ponentes, más que acostumbrados a dar charlas con intérpretes, estaban en su salsa, el público la mar de interesado no le quitaba los ojos de encima, como todos provenían del mismo «mundillo» la charla fue de lo más distendida, me sentí tan cómoda (después de haber esperado una enumeración de todos los tecnicismos listados en el diccionario cualquier cosa era agradable) que hice mi trabajo como mejor sabía hacerlo y, al final, todos a casa contentos.

No hubo juegos de palabras enrevesados, ni chistes verdes que solo ellos comprendían, ni referencias irónicas al último discurso de Obama… Solo personas charlando tranquilamente de lo que les gusta e intercambiando ideas.

Si es que a los intérpretes nos gusta ponernos en lo peor. Las notas se adaptan a la situación en que se encuentre el intérprete en cada momento y, en mi caso, volvieron a cumplir su función (y yo con miedo a que la mano se me hubiera oxidado en este tiempo).
Personalmente fue una experiencia que elevó al máximo mi autoestima profesional, me confirmó algo que ya sospechaba: que puedo hacerlo y, en cuanto a mi posición profesional, me ayudó a reafirmar algo que se me estaba empezando a olvidar, que ante todo amo mi trabajo.

 
Y es que no hay nada como el trabajo bien hecho. Y a vosotros, ¿qué os hace profesionalmente felices?

Revisiones que inducen al suicidio

  Acabo de terminar una revisión que me ha tenido al borde del suicidio durante las últimas horas. Y no hablo precisamente del suicidio profesional, pues hubiera sido el colmo, sino a las ansias de agarrar el primer objeto punzante que pasara cerca de mí y acabar con mi sufrimiento.

El cliente tenía bastante prisa; por lo que se ve el traductor le había entregado el documento pasado el plazo y, desgraciadamente, no era esa su única desgracia.

Hace unos meses leí una entrada interesantísima en el blog El traductor en la sombra sobre el destrozo que algunos revisores hacen al trabajo del traductor. Y no se trata simplemente del destrozo del trabajo, propiamente dicho, sino también del destrozo moral que provoca en el traductor ver el esfuerzo dedicado al buen desempeño de un trabajo desprestigiado por nimiedades que en nada ayudan al traductor y poco o nada aportan a la traducción.

Tales “tiquismiqueces” (neologismo made in YO para referirse a la saña con la que atacan algunos revisores) perjudica muchísimo y, con eso en mente, me dispuse a trabajar como una revisora ejemplar (lo que mi cabeza define como “ejemplar”, que con certeza distará bastante de lo que piensen otros).

Así, fui dejando pasar detalles lingüísticos mejorables, en pro de la autoestima del traductor (a fin de cuentas hay muchas formas de expresar una misma idea, aunque cada uno tengamos nuestro término preferido) hasta que mi ética y mi pudor lingüístico me obligaron a meter mano al asunto.

Y no es que el texto estuviera mal, no, es que podría haberlo redactado mejor cualquier alumno de secundaria. Calcos alarmantes, ausencia de mayúsculas en todos los inicios de frase, utilización de los signos de exclamación e interrogación como si de un mensaje en un chat se tratara, lenguaje totalmente robótico…

No quiero ensañarme con el traductor, pues todos estamos en el mismo barco y un mal día puede tenerlo cualquiera; pero el texto no era difícil y las normas básicas de traducción que se nos enseñan en la facultad (por básicas que sean) no fueron respetadas. Lo que me lleva a pensar que se trate de dos posibilidades:

1)      Que el traductor del texto aún sea estudiante y haya mentido en el currículum diciendo que es traductor o,

2)      Que sea alguien ajeno a la traducción y se haya aventurado alegando “que traducir lo puede hacer cualquiera”.

No quiero entrar en peleas sobre el intrusismo profesional o la falta de preparación de nuestros estudiantes de TEI, que es fin de semana y ante todo quiero buenas vibraciones, pero una cosa debería quedar clara a todos los que se dedican a traducir o quieren dedicarse a ello, profesionalmente o por hobby:

LO MÁS IMPORTANTE PARA PODER TRADUCIR ES DOMINAR TU LENGUA MATERNA

Algunos discreparán y dirán que hay otras cosas más importantes; pero lo que está claro es que no se puede traducir o interpretar sin dominar la lengua materna. Y eso no es cosa de dos días ni se aprende solo por haber nacido en tal o cual país. La lengua, en todas sus formas, se aprende estudiando, leyendo y redactando y, por supuesto, equivocándose. Pero el momento de equivocarse no es precisamente cuando se está traduciendo. Eso va para todos, porque quien no tenga el respeto por la lengua materna por bandera y crea que solo por hacer nacido en un país ya domina la lengua a la perfección nos está ninguneando a todos los del gremio y dejándonos a la altura del betún.

Por parte del cliente debo decir que tampoco me daba mucha pena. Ya he trabajado con él algunas veces y me consta que es de los que creen a ciegas en los currículums y no hacen pruebas de traducción. Esto vale para algunos porque no tienen tiempo para corregir pruebas y para otros porque son conscientes de que si no hacen prueba pueden aceptar “a cualquiera” y, con ello, pagar la tarifa que les venga en gana.

La clave para establecer una buena relación con un traductor es, desde mi punto de vista, realizarle una prueba que se adapte a sus características, por lo menos para comprobar si es apto o no para el puesto y no venir llorando después porque hizo la mayor chapuza de la historia.

Hasta aquí mi punto de vista. Como veis hoy me he levantado en pie de guerra y con ganas de reclamarle al mundo.

Y a vosotros ¿qué os saca de quicio en vuestro trabajo?

Nadie es profeta en su tierra

Dicen que nadie es profeta en su tierra; que el éxito viene antes de cualquier otro lugar que de donde uno es conocido y apreciado.

Nunca he entendido por qué.

Hace unos meses leí en algún blog de un intérprete que normalmente las agencias lo contrataban para interpretar en la ciudad Y cuando vivía en la ciudad X y de tanto que lo llamaban decidió mudarse a la ciudad Y, donde ya nunca más le volvieron a llamar esas agencias. El motivo – le decían los clientes – era que la comodidad hace que el profesional se relaje y pierda ambición y, con ello, profesionalidad.

¿Para qué te vas a esforzar en hacer tu trabajo mejor cuando este te llueve del cielo y lo tienes a un paso de casa? Cuando se solicitan intérpretes para algún evento los profesionales de fuera saben que están en desventaja frente a los profesionales locales; por ello, se esfuerzan al máximo en el envío de las solicitudes y en la preparación del evento, dejando la imagen profesional del intérprete local bastante perjudicada.

Esto es, en resumen, la exposición de motivos que le dieron los clientes al escritor del blog para justificar la contratación de intérpretes de fuera, quien, por su parte, tuvo que buscarse, con bastante éxito, nuevos clientes en su nueva ciudad.

Desde mi punto de vista es una solemne idiotez.

El motivo de mi entrada es, sin más rodeos, que después de un año vagando por medio mundo en busca de un lugar donde asentarme, me han llamado de mi tierra natal, Sevilla, para una interpretación (en realidad para dos, pero una he tenido que rechazarla por falta de tiempo).

He escuchado durante el último año retahílas interminables de otros intérpretes profesionales sobre lo mal que anda este sector en nuestra ciudad, sobre la necesidad de buscarse otros trabajos (a menudo varios) y sobre la falta de valoración profesional de los intérpretes.

Dejando a un lado el punto 3, considerándolo una enfermedad crónica de nuestra profesión, he tenido ocasión de meditar bastante sobre los puntos 1 y 2. No quiero ilusionarme demasiado y pensar que a partir de ahora llegará la buena racha, asumiendo que los de mi tierra se quejan de vicio son un poco quejicas (no solo los intérpretes, sino el sevillano en general), porque me parece desconsiderado con mis colegas, que tienen muchos más años de conocimiento del mercado local, pero tampoco quiero dejarme arrastrar por el pesimismo reinante y perder la oportunidad de dar a conocer mi talento en el lugar que me vio nacer (y formarme). Creo que puede ser una buena oportunidad para meter la cabeza (¡por fin!) en el mercado local y, desbordando un poco de positivismo (¿por qué no?) ser profeta en mi tierra.

 

¿Sonarán las campanas? La crónica y el resumen de la experiencia los dejaré para futuras entradas.

Cuando la flexibilidad ahoga…

Como la mayoría de los novatos en el mundo de la traducción autónoma este verano ha sido “movidito” y parece que el ritmo se mantendrá por lo menos hasta navidad (no hay que olvidar que la tendencia natural de la humanidad hacia el consumo aumenta considerablemente en los meses previos a las fiestas).

Sin embargo, no ha sido solo un verano lleno de traducciones, también han abundado encargos variados, pues parece que no solo a los profesionales del mundo de la traducción les gustan estas fechas para irse de vacaciones.

Todos hemos oído hablar de la flexibilidad del traductor, hace unos meses publiqué una entrada al respecto sobre mi propia experiencia en otros campos para dar un poco de ánimo a aquellos que se sentían perdidos al terminar la carrera de TEI y que creían que traducir es lo único que cuenta. Pues sí, el traductor/intérprete tiene que ser flexible, no solo en términos de horarios como todos hemos experimentado alguna vez (encargos de última hora, congresos de fines de semana con semanas enteras de descanso), sino también en las actividades (la famosa diversificación de actividades de la que nos hablan algunos orientadores académicos). Sin embargo, todo tiene un límite y, como imaginaréis, una flexibilidad en exceso puede acabar con todo (nuestra salud, nuestra credibilidad profesional, nuestro tiempo y, por qué no decirlo, nuestro dinero también). Ser flexibles puede abrirnos muchas puertas y muchos caminos profesionales, pero ¿cómo saber cuándo ha llegado el momento de decir NO?

Para los que nos estamos introduciendo en este mundo es bastante común aceptar trabajos relacionados con la traducción o que en cierto modo tengan que ver con la comunicación multilingüe para los que no hemos sido formados y en los que tenemos poca o nada de experiencia. Este tipo de trabajos requiere profesionales que se manejen en varias lenguas y, por ello, el perfil del traductor es el más adecuado (orientación a empresas en procesos de internacionalización, cierre de negociaciones internacionales, etc.)Sin embargo, pecar de flexibles sin estar preparados para aceptar un determinado tipo de trabajos puede convertirse en un arma de doble filo.

¿Qué hacer si nos ofrecen una oportunidad laboral de estas características y sentimos que no estamos totalmente preparados? Bueno, en primer lugar valorar los pros y los contras del puesto/encargo (plazo, conocimientos de la materia, previsión de gastos, previsión de ganancias, beneficios/experiencia que puedes aportar al cliente…)En el caso de los más novatos es normal sentir que no tenemos experiencia ninguna, pero no hay que dejarse dominar por los temores (a fin de cuentas cuando terminamos TEI tampoco tenemos mucha idea de traducir y muchos nos lanzamos a la aventura como podemos). Pide asesoramiento a colegas/expertos en la materia: a veces nos ofrecen un trabajo que no hemos hecho nunca, pero nuestro primo/tío/compañero del instituto lleva años dedicándose a eso y puede darnos una orientación sobre la conveniencia o no de aceptar un determinado tipo de trabajo.

Calcula tu tiempo: si estás en plena preparación de un congreso de 5 días que tendrás que interpretar en simultánea y se te plantea la oportunidad de asesorar en un proyecto de marketing internacional con interpretaciones telefónicas no creo que sea muy conveniente decir que sí a la primera, sin haber establecido un plazo de inicio o haber hecho un cronograma exhaustivo con la organización de tu tiempo.

Deja bien claro qué es lo que puedes/sabes hacer y qué es lo que bajo ningún concepto estás dispuesto a hacer: con esa mentalidad reinante entre los empresarios del traductor=chico/a para todo muchas veces se nos carga con tareas que no son las que en un principio nos habían encomendado. – “oye, y ya que estás, después de la interpretación telefónica me haces un informe-resumen sobre los puntos más importantes de la conversación”. – “pues mira, guapo/a, NO”. A veces nos da miedo, porque ser demasiado brusco o exigente desde el principio puede hacer que el nuevo cliente o cliente potencial no nos llame más o piense que no somos buenos para hacer ese trabajo, pero decir que sí a todo y aceptar lo que nos caiga encima es abrir la puerta a abusos laborales de los que después tendremos muchas dificultades en salir (jornadas laborables interminables o pagos ridículos, por citar algún ejemplo).

En mi caso, por no pararme a pensar en estos puntos detenidamente el verano ha traído consigo sufrimientos laborales que a mi lista de experiencias se suman con sangre, sudor y lágrimas. Ahora visto desde la distancia pienso que ha sido positivo y que me beneficiará en el futuro cargar en sobre la espalda la experiencia adquirida, pero ¡a qué precio!.

El verano es una época que trae grandes oportunidades para los noveles y los licenciados en traducción tenemos el cartel “flexible” colgado de la frente, pero con un poco de buen juicio y reflexión se puede sacar mucho partido de las diferentes experiencias que se nos presenten en nuestra vida laboral.

FICA

La semana pasada tuvo lugar aquí en Goiás la decimo cuarta edición del FICA (Festival Internacional de Cinema Ambiental) y, podeis imaginar la expectación que crea en esta ciudad de 25000 habitantes en pleno corazón de Brasil la celebración de un evento internacional de tales características.

Para los habitantes supone la principal fuente de ingresos del año (las familias alquilan sus casas o algunas habitaciones de ellas y el empleo se triplica, dando oportunidad a los desempleados de ganar un poco de dinero extra). Para mi, el mayor atractivo lo componía el plano lingüístico, ya que en la programación del festival se incluían algunas mesas redondas y encuentros con los directores de las películas que, al ser extranjeros, necesitarían de interpretación.

Ni que decir tiene que hacer llegar mi curriculum a los organizadores fue una pesadilla y, evidentemente, con la burocracia a la que hay que someterse para cualquier cosa en este país no me llamaron, fui la constante “number one” en la lista de espera, aunque no por ello dejé de disfrutar del evento.

En lo que se refiere a la organización lingüística las conferencias y mesas redondas fueron bastante desastrosas (y que conste que hablo sin el menor rencor), de lo que deduje que, por mucho progreso que se pueda aparentar en lugares tan remotos como este ante la celebración de eventos distinguidos, nuestra profesión está a años luz de ser comprendida y mucho menos reconocida. Ya había oído rumores de que algunas películas de especial relevancia serían interpretadas en directo (tengamos en cuenta que Brasil es país doblador, no subtitulador, y hace pasar 90 minutos  sentados frente a una pantalla viendo pasar letritas a personas que el único libro que han tenido entre sus manos ha sido el de aprender a leer podía ser una gran tortura), cosa que no me sorprendió especialmente, ya que después de asistir al festival de cine latinoamericano de Gante y ver como mis compañeras de español>neerlandés expiaban sus pecados en aquellas cabinas mientras yo disfrutaba alegremente de las películas que proyectaban nada podía asustarme. Aunque fue por poco. Las cabinas estaban escondidas, pero el sufrimiento en la voz de las intérpretes se palpaba en el ambiente y la indignación que yo misma rezumaba por los poros casi se podía respirar. Ahora, una semana más tarde, lo veo en la distancia con tranquilidad, pero en aquel momento me subía por las paredes. Ya es cruel colocar a intérpretes de verdad para hacer ese trabajo, cuanto más a pobres chicas que han pasado dos meses en Francia y ya por eso los empresarios que no tienen ni idea de nuestro trabajo, pero que de caradura no les falta un cm, las hacen llamar “intérpretes” y las encierran en la cabina como si aquello fuera un recital de papagayos.

La semana que viene pasaré por el despacho del organizador (ahora que tengo su contacto) y lo pondré de guapo para arriba.

Dejando a un lado lo lingüístico, decidí que un evento así no podía dejarlo escapar, ya que aunque no sea profesionalmente, para mi formación ofrecía grandes posibilidades y pude comprobar varias cosas. La 1ª que, efectivamente, mis profesores del máster tenían razón y las técnicas de interpretación, como todo en la vida, si no se practican se pierden. No voy a entrar en detalles sobre mis tomas de notas, dejémoslo en “necesita mejorar”. La 2ª, que fue la confirmación de una sospecha era que, efectivamente, las personas brasileñas con una buena base formativa tiene una capacidad de reflexión y argumentación dignas de premio Nobel, pero las “masas” (entre las que incluyo a estudiantes universitarios y de ciclos superiores de universidades normales) aún están lejos de librarse de la manipulación que suponen los medios de comunicación. Y es que, en un país con un proceso de deforestación tan profundo y agresivo como este, donde una mente cabal no encontraría cabida para teorías negacionistas, la opinión de algunos seres autodenominados “científicos” (de esos de pandereta y castañuela) de que el cambio climático no es tal y el desgaste de recursos aún es menos se ha abierto hueco en algunos programas de debate y opinión, intoxicando las mentes hasta dejar sin credibilidad los propios hechos mostrados en los telediarios. Y es que, por increíble que parezca, la Rio +20 era, como ya sospechaba, una cortina de humo para acallar las voces que reclamaban que nuestros líderes no mueven un dedo en nada (y de paso blanquear un poquito de dinero, que los millones y millones que se han gastado en montar el tinglao aparecerán en breve en forma de yate o vacaciones de lujo de nuestros queridos representantes).

Visión crítica era lo que faltaba en estos parajes y esta cayó pesadamente como un jarro de agua fría en los acalorados cogotes de los lugareños. Yo, la mar de interesada, escuchando a los pequeños productores de asentamientos remotos exponer como Monsanto los expulsa de sus tierras y les impone un modelo de producción a escala totalmente improductivo o asistiendo a los talleres de construcción civil en bambú (a falta de dinero para comprar una casa de verdad por lo menos sé que si quiero no tendré que dormir nunca más a la intemperie).

Todo ello para resumir un evento a la par curioso y revolucionario. Curioso porque la intención es original en todos los sentidos, revolucionario porque el mensaje, desgraciadamente, no llega a todos los que debería. Mi padre decía algo así como “las perlas no son para los burros” (mi memoria no está por la labor), tal vez haya que seguir insistiendo poco a poco para que los burros poco a poco abran sus mentes y los señores de ahí arriba, los de traje y corbata abran sus corazones. Y yo mientras tanto a seguir alzando la bandera de la defensa del trabajo de intérprete allá donde vaya, que por lo que veo me queda trabajo para rato.

Cuando el cliente se convierte en tu pareja

Hace días que estoy absorbida por mi trabajo, me levanto con peticiones de traducciones y me acuesto con encargos entregados. Ya casi se ha convertido en rutina acceder a mis emails por la mañana y encontrarme el encargo del día (o los encargos del día), y todos vienen de la misma persona.
La verdad es que repaso mis últimos meses y no puedo sino felicitarme por mi suerte, hace semanas tenía que matarme a buscar trabajo y ahora se me haría extraño despertar y no encontrar en mi bandeja de entrada el encargo del día. He tenido suerte de encontrar un buen cliente, sí, pero, tal vez ese trato preferencial que me ha dado desde el principio haya sido el detonante de mi casi exclusividad.

 
Y no debería quejarme, todo lo contrario. Sin embargo, no deja de preocuparme el hecho de comenzar a percibir que he tenido que rechazar algunos otros encargos por responder a los encargos del susodicho cliente y, me da mi en la nariz, que esa casi exclusividad podría ser un arma de doble filo. Porque, desgraciadamente, en esta vida nadie es insustituible.
Nuestra relación se ha convertido casi en una relación de pareja (hablando en términos profesionales) y confieso que lo echo de menos el día que no tengo noticias de él. También hace más de dos semanas que descuido la actualización del blog (con la reflexión correspondiente y el ordenamiento de ideas) y que dejo de lado noticias, eventos y hasta webinarios importantes. He caído en la llamada “comodidad del traductor” y he dejado de lado lo más importante: “la visibilidad profesional y el marketing”.

 
¿Es grave doctor?
Bueno, aún es pronto para dar un diagnóstico, ya que todavía os estáis conociendo. Es cierto que hay mucha química entre vosotros, pero en una profesión “tan promiscua” como la vuestra, una excesiva fidelidad podría cerrarte muchas puertas. Date tiempo, por suerte te has dado cuenta a tiempo. No creo que sea necesaria una terapia de pareja, pero deberías dejarle claro de la manera más adecuada posible que tú también necesitas de tu propio espacio, salir con otras personas, buscar trabajo más allá de la comodidad que da saber que el grifo está abierto (en sentido figurado), ya que estancarte podría haceros caer en la rutina y provocarte una sensación de estancamiento que a la larga te perjudicará.

 
Ya, pero, ¿por dónde empiezo?
Buena pregunta. Lo dejaremos para la próxima sesión, después de haber reflexionado con calma.

Lápiz vs boli

Desde pequeña siempre me gustó escribir a bolígrafo, recuerdo que me esforzaba mucho en los ejercicios de caligrafía que hacíamos a lápiz para que la profesora me dejara pasarlos “a limpio”. Nunca me importó el hecho de que la tinta no se pudiera borrar; de hecho, nunca he estado muy a favor de usar corrector tipo “tippex” en mis escritos. Y así me iba. Cuando estaba falta de inspiración mis redacciones eran borrones y borrones que tenía que reescribir para que fueran legibles por otras personas. Pero poco a poco me acostumbré a pensar antes de escribir y mis escritos fueron quedando más limpios.

 
Al entrar en la universidad vi que muchos compañeros usaban lápiz y portaminas para tomar apuntes, algunos de ellos hasta tomaban las notas de interpretación con dichos instrumentos.  Siempre lo consideré un poco inútil, ya que la mina se ve poco en el papel y solo con pasar la mano por encima se difumina creando efecto sucio o borroso. La justificación de ellos: el lápiz se puede borrar. Así de simple. No importa que quede más bonito o más feo, o que la letra sea un garabato borroso en el papel; si no me gusta como lo he escrito lo borro y lo cambio.

 
Desde que entré en la universidad siempre me gustó la interpretación, no es que la traducción no me gustara, la admiro y la disfruto como profesional tanto o más de lo que podía admirarla y disfrutarla cuando era estudiante. Su magia me fascina. Sí, sí, magia. Porque quien a estas alturas no crea que el proceso de convertir un texto cualquiera, algunos mal redactados, en textos comprensibles, melodiosos, ricos en saber y, porque no decirlo, en obras de arte, no es magia, esa persona no sabe lo que es traducir. Pero no señores, yo era de interpretación y me esforcé al máximo para ser una buena intérprete.

 
Un día de gran esfuerzo en una clase de memorización descubrí que estaba olvidando cosas simples y rutinarias que normalmente no olvidaba. La cita del médico, el nombre de un compañero, el cumpleaños de mi madre. Mi memoria a largo plazo era de hierro, pero a mi memoria a corto plazo le flaqueaban las piernas. Por eso decidí salir siempre con una libretita, pequeña, discreta; pero ¡ay, pobre de mi! El único objeto para escribir que encajaba en ella era un lápiz.

 
Después de dos años con mi libreta borro y reescribo encima de la información que ya no me es útil. Desde que me hice traductora autónoma, borro y reescribo las frases que podrían ser objeto de una mirada de reprobación del cliente con la mayor comodidad del mundo. Así, una y otra vez, hasta que siento que no puedo hacerlo mejor.

 
Pero yo soy intérprete, actualmente en pausa, pero intérprete al fin y al cabo. Me enseñaron a no borrar. Me enseñaron a no tachar. A escribir a boli mis palabras en los oídos del público. A escribir con una fuerza que deje marcada la letra en el siguiente papel, porque de no hacerlo perdería credibilidad de mi audiencia. Pero me he acostumbrado al lápiz ¿será posible volver al boli de nuevo?.

 
Me estremezco al pensar en la próxima vez que mis palabras lleguen a oídos ajenos marcadas en tinta. Porque en mi profesión no existe el lápiz, ni la goma (a no ser que estos vengan en forma de fallo técnico en la salida de audio).

 
Siempre me gustó escribir con boli, siempre quise ser intérprete, esta es la profesión que escogí y me guste o no, eso no lo puedo borrar.